Tarde para la ira  (Se sirve fría)

Con una atmósfera absorbente, oscura, fotografiada con cámara frecuentemente nerviosa, abundando los primeros planos de los rostros, y con banda sonora en la que se cuidan muy bien los ruidos.

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Tarde para la ira  (Se sirve fría)

 Fernando Gracia./        No cabe duda que Raúl Arévalo está desarrollando una interesante carrera como actor y que puede presumir de haber estado en los repartos de algunas de las películas españolas más importantes de estos últimos diez años.

Ese es el tiempo que ha pasado desde que nos fijamos en este muchacho, cuando su buen amigo Daniel Sánchez Arévalo le incluyó en su excelente opera primera “Azul oscuro casi negro”.

En poco tiempo ha pasado de interpretar papeles de jovencito a encarnar tipos duros, como el policía de “La isla mínima”, de tan reciente éxito. Además se ha subido a las tablas con la compañía Animalario y en nuestra ciudad pudimos verle en el excelente montaje de “Urtain”, que tantos premios Max acaparó.

Pero la inquietud del actor no ha quedado ahí y ahora se pone tras la cámara para contar una historia dura, seca, con pocas concesiones, que resulta ser un más que prometedor debut en esa nueva labor.

“Tarde para la ira” es cine de género, sí, pero con suficientes detalles positivos como para poder recomendarla a los buenos aficionados.

La historia en el fondo no es demasiado original: una venganza. Y ya me dirán Vds. cuantas hemos visto sobre este asunto. Lo que distingue el filme es la forma de narrar más que lo que se cuenta. El hábil guion, en el que también participa, va dosificando la información y es escueto en cuanto a los diálogos, practicando esa vieja máxima de que “menos es más”.

Con una atmósfera absorbente, oscura, fotografiada con cámara frecuentemente nerviosa, abundando los primeros planos de los rostros, y con banda sonora en la que se cuidan muy bien los ruidos –se nota la mano del gran especialista Pelayo Gutiérrez, a quien seguramente llamó tras la experiencia de “La isla mínima”-, poco a poco Arévalo nos va revelando la causa del comportamiento de ese hombre tranquilo, algo retraído, que compone con su habitual acierto Antonio de la Torre.

Sabremos que por su mente solo pasa la idea de la venganza, y esta, como dice la conocida frase “se sirve fría”. Y como era de esperar estalla la ira, la violencia, que Arévalo retrata sin concesiones, sin efectismos y sin glamur, si es que se puede emplear este vocablo para acompañar a los estallidos de violencia. No nos olvidemos que en muchas otras películas sí se da ese tratamiento, como si fuera algo ligero.

Ha llamado el novel director a algunos de los más solventes actores del momento, sin duda amigos suyos y desde luego compañeros en otras producciones, y estos le han agradecido la deferencia entregando unas notables interpretaciones. Al mencionado De la Torre hay que añadir Luis Callejo y Manolo Solo, este último en una corta pero muy jugosa intervención.

450_1000       A destacar también el buen uso del lenguaje coloquial. No es fácil que este suene bien y no de forma impostada. Con el riesgo de que a veces no se entienda del todo el texto, hay que señalar que los diálogos suenan de lo más natural, desprovistos de cualquier intento literario.

La película consiguió ser seleccionada para el Festival de Venecia, lo que de entrada ya habla muy favorablemente sobre ella. No sé si obtendrá mucha atención del respetable, habida cuenta que los actores no son de los habituales en la tele y sigue habiendo bastantes prejuicios hacia el cine español, y más aún si pretende ser serio.

Pero por si sirve de algo les diré que su visión merece la pena para aquellos buenos aficionados que saben valorar los riesgos asumidos. Y no son pocos en este notable filme de Raúl Arévalo, de costo bastante medido y sin efectos especiales.

 

FERNANDO GRACIA  



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