El hombre de las mil caras (Fontanería)

La película entretiene y consigue incluso que lleguemos a empatizar con el tal Paesa, sabido es el atractivo que despiertan los caraduras, sobre todo cuando no se cruzan en nuestras vidas.

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El hombre da las mil caras (Fontanería)

Fernando Gracia./    Poner en imágenes un asunto del pasado reciente no es tarea fácil. Somos muchos los que seguimos por la prensa algunos de los hechos que se narran, la mayoría de las personas que intervinieron siguen vivas y quien más quien menos tiene una opinión sobre todo ello.

Pero aun con esas premisas Alberto Rodríguez se ha atrevido a filmar lo que en un libro había plasmado Manuel Cerdán: las andanzas de Francisco Paesa centradas sobre todo en el escándalo Luis Roldán. Un asunto que llenó numerosas páginas de prensa, revistas más o menos sensacionalistas y reportajes de televisión.

El exitoso director que triunfó con su anterior trabajo, “La isla mínima”, utiliza la técnica del thriller para contar de forma más o menos novelada la extraña e interesada pareja que hicieron el director de la Guardia Civil y ese curioso personaje espía/negociador/conseguidor que era –o es todavía- Paco Paesa, un hombre del que nunca llegaremos a saber la verdad de sus andanzas, que desde luego se remontan a bastantes años antes de los que se mencionan en el filme. Recuérdese sus andanzas con Macías, los papeles de Sokoa etarras, su lío con Dewi Sukarno…

 

 

Si me perdonan, un inciso. Hace años oí de primera mano la opinión que un industrial de nuestra ciudad vertió sobre Paesa, con quien él decía haber tenido antiguos negocios. Me lo describió como un “simpático sinvergüenza”, encantador, siempre elegante, estafador, embaucador, con magnífica labia, de éxito con las señoras y capaz de cualquier cosa.

Mi confidente, al coincidir con él en un aeropuerto europeo, se “atrevió” a reclamarle una vieja deuda, a lo que nuestro hombre le respondió con amplia sonrisa y facundia que “cómo era tan miserable de reclamarle unas pocos dineros, cuando bien contento debía estar por haber compartido negocios con un tipo tan importante como él”. Lo que remató sugiriendo echar una copa en el bar, tras lo cual el espía se montó en primera y el zaragozano en turista. Como debe ser… que siempre ha habido clases.

Tras esta digresión que he recordado mientras veía al personaje en la piel del siempre excelente Eduardo Fernández, volvamos al cine. Porque a la postre eso es lo que vemos, cine notable al utilizar una inteligente técnica narrativa y una correcta puesta en escena para que lo que vemos no parezca un documental o un reportaje al uso de los que acostumbramos a ver en las cadenas televisivas cuando se ponen en plan detectivesco.
Rodríguez compone un relato eficaz, no del todo redondo, que consigue que no nos perdamos en la rocambolesca trama como al parecer fue todo lo que rodeó al que había levantado mil quinientos millones de pesetas, a quien le el_hombre_de_las_mil_caras-226345831-largeayudó a esconderse, a los políticos del momento –atención a la aparición del Sr. Belloch, biministro por aquel entonces- y a unos cuantos personajes más que se mueven por fuera de la ley, aunque a veces ayuden a “los buenos” con la mediación de los ”fontaneros” del poder, expresión que parece haber caído algo en desuso. La expresión, me refiero, no sé si tanto lo que conlleva.

La película entretiene y consigue incluso que lleguemos a empatizar con el tal Paesa, sabido es el atractivo que despiertan los caraduras, sobre todo cuando no se cruzan en nuestras vidas. También creo que está bastante conseguido el personaje de Roldán, no solo por la impecable encarnación que hace de él Carlos Santos.

Ninguno sabemos cómo son en realidad estas personas, pero eso es lo habitual no solo en esta sino en cualquier película. Lo importante es que lo que se nos presenta suene a cierto. Es ficción novelada sobre hechos ciertos. De ahí que seguro que los interfectos no estarán en absoluto de acuerdo con la mayoría de cosas que allí se cuentan. O cómo se cuentan.

En mi opinión no es muy acertado el título, que ya venía puesto así en la novela. Además de repetir el título de un filme sobre la vida de LonChaney, que hizo de eso, del cambiar de aspecto, su seña de identidad, no me parece que Paesa lo vaya haciendo. Siempre se muestra con su nombre, no cambia de aspecto. Pienso que se podía haber encontrado un título más inspirado.

Por curiosidad, por cierto morbo, porque habla del pasado cercano de nuestro país y porque funciona también como película de acción y de picaresca, opino que es un título que va a gustar bastante.

El buen oficio de Alberto Rodríguez consigue que también desde el punto de vista netamente cinematográfico la película sea defendible, aunque sea menos impactante que su multipremiada película anterior.

FERNANDO GRACIA



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