Reina Juana

La figura de la reina Juana I de Castilla, Aragón, Navarra, Nápoles y otros territorios de la corona española, aunque fuera de forma nominal la mayor parte del tiempo, ha dado mucho juego en la historia y en la literatura. La última propuesta ha sido presentada el pasado fin de semana en el Teatro Principal.

 

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Reina Juana

Francisco Javier Aguirre./     Hace casi un siglo, fue Benito Pérez Galdós quien llevó a la escena el drama del personaje en su obra ‘Santa Juana de Castilla’, estrenada en Madrid en 1918. Al menos una docena de producciones cinematográficas y televisivas se han referido a ella a lo largo de los últimos 70 años.

Ahora llega el monólogo escrito por Ernesto Caballero, interpretado por Concha Velasco bajo la dirección de Gerardo Vera. ¿Qué aporta de nuevo?

La categoría de la actriz es incuestionable a sus casi 77 años, con una trayectoria de las más destacadas en la escena española. La puesta en escena es impresionante, con un recurso acertadísimo a los efectos especiales, tanto acústicos como visuales. Ellos añaden verosimilitud a la tragedia personal de la ‘reina loca’, quien, a tenor de las investigaciones serias, superando los tópicos románticos, no lo estaba tanto, aunque su personalidad compleja y contradictoria supusiera la extrañeza de quienes la trataron en su momento.

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Concha Velasco “Reina Juana”

Una persona de recio carácter que es encerrada al cumplir los 30 años y permanece en ese estado hasta su muerte, acaecida 45 años después, difícilmente mantendrá su cordura. Aquí es donde, a mi entender, flaquea el texto de Ernesto Caballero.

Si la reina estaba loca, sus parlamentos debieran reflejar claramente su desvarío, ser incoherentes, contradictorios, caóticos, demenciales, esquizofrénicos… Si no lo estaba, como parece ser, aunque su largo cautiverio le provocara ira, rabia, frustración, rebeldía, insumisión, amargura, etc., teniendo en cuenta su fuerte carácter, entonces el largo parlamento, ese monólogo en que consiste la obra de Caballero, tendría que haber mostrado esas oscilaciones, tener fuertes alternativas a pesar de estar hablando teóricamente a un confesor, Francisco de Borja (innecesario a mi entender, ya que se dirige constantemente al público y la referencia al jesuita es simplemente retórica).

Una mujer mayor, sometida a semejante encierro, próxima a morir, o desfallece al confesar su situación o se rebela violentamente, o alterna ambas actitudes. Ninguna de esas posturas se observa en la representación, sino más bien una declamación muy bien hecha, muy académica, de gran mérito (para eso es Concha Velasco, con tan alta trayectoria), pero que no refleja la lamentable situación límite del personaje.

Francisco Javier Aguirre



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