Panorama desde el puente

La pieza, que le valió al autor su segundo Premio Pulitzer, recoge el espíritu de la tragedia griega, donde las pasiones dominan a los personajes y los conducen hacia finales desastrosos.

Panorama-des-del-Pont-banner1Francisco Javier Aguirre. Arthur Miller es un clásico de la literatura. Hace poco más de un año se celebró el centenario de su nacimiento. Con este motivo, ha vuelto a la escena su obra ‘Panorama desde el puente’, que se representó en el Teatro Principal el pasado fin de semana, bajo la dirección de Georges Lavaudant.

La pieza, que le valió al autor su segundo Premio Pulitzer, recoge el espíritu de la tragedia griega, donde las pasiones dominan a los personajes y los conducen hacia finales desastrosos. Miller construye un drama de resonancia universal a partir de sujetos comunes y corrientes. La escena se desarrolla en el barrio portuario de Brooklyn, testigo mudo de un drama que derivará en tragedia.

El estibador Eddie Carbone, que ejerce la solidaridad entre inmigrantes y repudia a quienes los delatan ante la oficina de inmigración, vive con su esposa Bea y con su sobrina Katie. Desde el principio se adivina que siente una oscura pasión por ella y que la sobreprotege. Cuando la familia acoge a dos hermanos emigrantes en su casa, Rodolpho y Marco, primos de la esposa, el primero inicia un romance con Katie que desata el conflicto. La tensión crece hasta que Eddie, contraviniendo sus principios, llama a la oficina de inmigración para delatar a sus parientes. Katie, que va a casarse con Rodolpho para evitar que sea expulsado del país, intenta mediar entre su tío y Marco, brutalmente enfrentados. En la pelea final a punta de navaja, muere Eddie.

La postura del protagonista lo sitúa en el papel del héroe trágico incapaz de evitar el desvío que lo condenará. Miller hace con él lo mismo que los grandes dramaturgos de la Grecia clásica hacían con sus personajes emblemáticos: colocarles un tremendo defecto en medio de sus virtudes. De esa manera, la contradicción entre el bien y el mal eleva el argumento a planteamientos de carácter filosófico.

No hay grandilocuencia en la trama, sino una proyección de la realidad cotidiana. La versión de Eduardo Mendoza es clara y directa. Conceptos como la hospitalidad, el honor, la generosidad y la intimidad son contrapuestos al amor incestuoso, la intolerancia y los conflictos derivados de la inmigración. Éste último asunto reaviva la modernidad de la propuesta.

La actuación más relevante es la de Eduard Fernández, en el papel de Eddie, muy en su gesto tosco y rompedor. Le hace el contrapunto Marina Salas, como Katie. Francesc Albiol, como el abogado Alfieri, es el testigo y el cronista. El resto del elenco, cumple su papel.

Una escenografía plástica e imaginativa favorece el dinamismo de la acción, que en ningún momento queda lastrada por la densidad del tema. El espacio sonoro de Jean-Louis Imbert contribuye a crear una atmósfera opresiva a medida que avanza el drama. 123



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