Armenios

Con “Una historia de locos”, Guediguian se adentra en política para pergeñar una historia que remite al genocidio acaecido en la década de los diez del siglo pasado.

Fernando Gracia.  En la última edición de Cinefrancia, ese festival no competitivo que dirigió en nuestra ciudad Gaizka Urresti, el artista homenajeado fue Robert Guediguian. No fueron muchos los que se acercaron a conocerle. No era “popular”. No parece ser que aquello fuera determinante para que no hubiera más ediciones de esa muestra. A algún responsable político le oí decir meses después –off the record, naturalmente- que era un gasto excesivo para que a fin de cuentas unos cuantos aficionados viéramos películas en versión original que no interesan a la mayoría.

Me viene esto a la memoria tras ver un nuevo filme del realizador marsellés de origen armenio titulado “Una historia de locos”. Vaya por delante que no me parece un título demasiado acertado, pero observo que corresponde al original francés, aunque quizá sea un guiño el hecho de que “fou” también puede significar “alfil”, y la película comienza con una partida de ajedrez en una calle alemana.

Nunca ha sido Guediguian un director muy bien considerado, al tildarse su cine de buenista, de demasiado amable. No andan faltos de razón quienes así piensan, pero no considero que eso sea un gran defecto. Por esta regla de tres habría que denostar el cine de multitud de grandes directores, con Frank Capra a la cabeza por citar uno de ellos.

Intenta, y casi siempre lo consigue, hacer un cine de fácil comprensión, con personajes de la vida común, generalmente ciudadanos de su Marsella, y con argumentos que bien se pudieran tildar de “humanistas”. Esta fórmula le ha llevado a firmar películas tan hermosas como “Marie Jo y sus dos amores”, “La ciudad está tranquila” o “Las nieves de Kilimanjaro”, por citar algunas. Afortunadamente casi toda su filmografía se ha podido –rara avis- ver en nuestra ciudad.

Quizá para cumplir un viejo sueño o para acallar voces de armenios –no se olvide que él mismo es descendiente de aquel pueblo-, se ha adentrado en política para pergeñar una historia que remite al genocidio acaecido en la década de los diez del siglo pasado, siempre bajo el punto de vista de estos. A señalar que aún hoy en día no en todos los países se emplea esta expresión para hablar de aquellos hechos. España, de forma oficial, es uno de ellos.

Con un estilo claro y de fácil comprensión nos narra la historia de un muchacho francés, descendiente de armenios, que comete un atentado contra los intereses turcos en los años setenta del pasado siglo, que comporta lo que se da en llamar “daños colaterales”. Sus andanzas, sus dudas, la relación con sus padres y su abuela, la vida de un damnificado por ese atentado y unas cuantas cosas más que no quiero desvelar, componen un entretenido argumento, donde Guediguian intenta mostrarse lo más imparcial posible y que a mi modo de ver no deja indiferente al espectador.

El guion es una adaptación libre de un relato del periodista José Antonio Gurriarán, otrora habitual en la cadena pública de televisión, titulado “La bomba”. En él narraba un atentado del que resultó víctima al hallarse en el lugar equivocado. Al conocer la autoría estudió todo lo que pudo sobre el pueblo armenio, llegando a entrevistarse con sus agresores, bien es cierto que estando estos encapuchados.

Se le podrá achacar de falta de sutileza en algunos momentos y su intento de quedar bien con todo el mundo. De hecho me consta que se le han puesto reparos a la película por esos mundos, pero debo decir que personalmente me ha parecido un filme hermoso y válido para interesar a una inmensa mayoría.

A pesar de su larga duración la trama se sigue con interés y está correctamente rematada. Yo diría que de forma algo previsible, aunque cargada de lógica. Evidentemente podía el director haber hecho un filme más duro, más áspero, pero no hubiera sido fiel a su trayectoria, que pienso por otra parte es perfectamente defendible.

Se apoya en una excelente interpretación por parte de su elenco, donde como es habitual desde hace más de treinta años figura su esposa Ariane Ascaride. Una mujer con aspecto nada glamuroso, que siempre ha representado una imagen de ciudadana “normal”, y que en esta ocasión defiende un hermoso papel de madre de activista.

No estamos ante una obra cumbre, ni mucho menos. Pero, repito, sí a mi modo de ver de una película interesante, entretenida, que hace pensar y posicionarse. Si tenemos en cuenta otros filmes que han tratado el tema armenio –recuérdense “Ararat”, de Egoyan, o “El destino de Nunik”, de los Taviani- ni mucho menos desmerece de ellos, a pesar del renombre de los directores citados.



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