Mi lucha

El nuevo espectáculo de Antonia San Juan consigue emocionar, irritar y enternecer, entrando en una dinámica imparable que escudriña los rincones más profundos del sentimiento y la inteligencia.

Cartel de ‘Mi lucha’, nuevo espectáculo de Antonia San Juan.

Francisco Javier Aguirre. El último espectáculo en solitario de Antonia San Juan era esperado con ansiedad por los seguidores de la artista y por el público en general. Público amante de las sensaciones fuertes. Porque Mi lucha, presentado el pasado sábado en función única en el Teatro de las Esquinas, es una obra que transita de la crispación a la ternura de forma a veces repentina.

Hubo un despropósito al inicio, algo que se coló de manera desafortunada cuando al advertir a los espectadores que no era posible fotografiar, ni tomar vídeos, ni grabar, etc. ninguna parte del espectáculo, se aludió a que en caso de que alguien lo hiciera y saliera de la sala de manera repentina, había un rumano fuera para partirle las piernas. Esta impropia alusión a una nacionalidad cualquiera podría haberse obviado, a pesar de que se pretendiera un efecto cómico, sustituyendo al presunto matón por un karateca, un judoka… alguien anónimo que no configurara a una nacionalidad determinada como violenta o agresiva.

Salvada esta circunstancia, que no pasó desapercibida para algunos de los presentes (también nuestros convecinos rumanos pueden acudir al teatro), el espectáculo entró en esa dinámica imparable que escudriña los rincones más profundos del sentimiento y la inteligencia en un tono desabrido a veces, pero impactante, en el que hay reparto para todos los gustos y para todas las situaciones, desde el nacimiento a la muerte, desde la soledad al amor, desde la política a la familia.

Antonia San Juan, que ha trabajado con textos propios y de sus colaboradores Félix Sabroso, Pedro Almodóvar y Arthur Koppit, entre otros, consigue emocionar, consigue irritar, consigue también enternecer porque uno de los pasajes más intensos se refiere precisamente a las profundidades del amor, a su carga de euforia cuando se vive y de melancolía cuando desaparece.

Quizá el punto más bajo del espectáculo sean las coplas, las interpretaciones cantadas, aunque también permiten mostrar el carácter polifacético de la actriz. Una circunstancia inesperada, que de ser cierta singulariza la actuación del pasado sábado, en palabras de la propia Antonia, es que Zaragoza ha sido la única ciudad, tras 183 representaciones a lo largo de la geografía nacional, en la que el público se ha negado mediante votación a conocer los antecedentes de una mujer obligada a ejercer la prostitución.

El ritmo del espectáculo, vivo e intenso a lo largo de casi dos horas, llega al paroxismo cuando el personaje se desdobla y aparece en escena su hermana gemela, Patricia, que odia profundamente a Antonia, la descalifica, ridiculiza y trata de anularla, consiguiendo el efecto contrario. Es el momento final de la actuación que consigue desatar un enorme entusiasmo entre el público que, puesto en pie, jalea a la actriz y unifica todas las sensaciones recibidas en un calor emocional que se puede captar en la mirada y en la vibración corporal de la protagonista.



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