Fontanería

El filme francés 'Testigo' aborda, aún sin profundizar en exceso, lo que se ha dado en llamar la “fontanería” del poder.

Escena de la película ‘Testigo’.

Fernando Gracia. En épocas pasadas no eran pocos los thrillers que nos llegaban de la vecina Francia, lo que ellos denominaban “polars”. Sus incursiones en el cine negro nos depararon hermosas sesiones, llegando a competir sin desdoro con las producciones norteamericanas.

Por esos antecedentes uno se decide por elegir “Testigo” como primera opción entre la poca estimulante lista de estrenos semanales. Y debo decir de entrada que en absoluto me ha penado la elección, sin que ello implique haber visto un producto digno de alta nota.

Thomas Kruithof, un absoluto desconocido para quien suscribe, firma una entretenida película, de apenas hora y media de duración, donde se nos cuenta una historia que al principio parece un tanto traída por los pelos pero que va creciendo poco a poco, sobre todo cuando merodea por caminos hitchkonianos.

Ambientada en un París casi fantasmal, nocturno y vacío, nos arrastra por una historia que remite a filmes como “La conversación” de Coppola o incluso vagamente a la excelente “La vida de los otros”, aunque se quede ante estos casos en la periferia.

François Cluzet aporta su habitual cara de hombre perplejo para encarnar a un tipo algo anodino, contratado para un trabajo aparentemente fácil: transcribir mediante una clásica máquina de escribir unas cintas magnetofónicas donde se han grabado escuchas telefónicas. El espectador enseguida intuye que algo raro se esconde tras el encargo, lo que enseguida se confirma cuando al buen señor le empiecen a ocurrir cosas.

El filme aborda aun sin profundizar en exceso lo que se ha dado en llamar la “fontanería” del poder. Una serie de trabajos que oficialmente no existen pero que alguien los tiene que hacer. Bien es cierto que el guion incurre en algún que otro convencionalismo que hay que tolerar por aquello de “cine es cine”, pero en el fondo tampoco suena todo demasiado fantasioso, lo que unido a la corrección formal y a que el bueno de Cluzet siempre cumple hace que la película se vea con interés y no defraude.

El título español no parece demasiado inspirado tras no querer traducir literalmente el original de “La mecánica de la sombra”, quedando un tanto simplista.

Si les gusta el cine de género con aroma clásico, de apariencia enrevesada pero en el fondo bastante comprensible, con actores competentes, sin efectos especiales ni ruidos excesivos, esta película francesa les puede valer.

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