Naif

'Maudie, el color de la vida' nos descubre la historia de la norteamericana Maud Lewis, una mujer artrítica, renqueante, de aspecto insignificante, que dejó para la posteridad una abundante obra.

Escena de ‘Maudie’.

Fernando Gracia. Recientemente veíamos en nuestra ciudad “Paula”, interesante filme sobre una pintora alemana apenas conocida fuera de su país, Paula Becker. Al margen de su apreciable interés meramente cinematográfico portaba una aún más interesante faceta didáctica.

En ese ámbito podíamos incluir “Maudie, el color de la vida”, en este caso sobre la también bastante desconocida fuera de Norteamérica Maud Lewis, una mujer artrítica, renqueante, de aspecto insignificante, que dejó para la posteridad una abundante obra de aire simpático, colorista, de aparente sencillez y que bien podría ser enmarcada en el universo naïf.

La acción nos lleva a los años cincuenta en Nueva Escocia, Canadá. Allí vive esta mujer a la que nadie parece tener en cuenta, condenada a una vida anodina, manipulada por su familia y arrastrando un trauma que descubriremos.

En busca de cierta independencia se coloca como criada al servicio de un tipo hosco, huraño, de pocas luces pero de espíritu trabajador. Como desde el principio se intuye las relaciones entre ambos irán evolucionando, lo que hace discurrir el filme por los senderos del melodrama, aunque sin cargar las tintas en exceso.

La directora Aisling Walsh, de la que solo recuerdo un estreno en nuestro país, “Los niños de San Judas”, conduce el filme de forma correcta, a veces un tanto pastueña, despachando un producto aceptable que se sigue con agrado aunque sin excesivo entusiasmo y que a la postre sirve para darnos a conocer una figura nacional.

La sonrisa de Sally Hawkins, que ya conocíamos por sus trabajos con Woody Allen y sobre todo por “Happy, un cuento sobre la felicidad”, donde la mostraba hasta en exceso, es la mejor baza de la película que nos ocupa. En un trabajo bastante concienzudo hace que empaticemos con el personaje, aunque no lo podamos apreciar en plenitud al venir doblada la película.

El tosco personaje de Everett Lewis lo aborda Ethan Hawke de forma esforzada. Quien suscribe no lo ha acabado de ver en ningún momento en el personaje. Un tipo que hubiera requerido un actor del aire de Harry Dean Stanton, por poner un ejemplo.

Sin ser un producto sobresaliente, sí que ofrece lo suficiente como para merecer la pena su visión. Teniendo en cuenta el resto de la oferta de estrenos puede valer.



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