Compleja amistad

El escritor Emile Zola y el pintor Paul Cezanne mantuvieron una relación de amistad durante unas cinco décadas, eso sí con grandes intermitencias. El primero procedía de una familia humilde, al contrario del segundo.

Cezanne.

Fernando Gracia. Se agradece en plena canícula, no solo ambiental sino de galbana cinematográfica, la presencia en nuestras pantallas de esta película “de qualité” –tan francesa- titulada “Cezanne y yo”.

Y no porque sus valores cinematográficos alcancen altas cotas, que no es así, sino porque suponen una especie de remanso para el espectador que huye de mediocres tebeos, persecuciones, ruidos o comedias de medio pelo, y quiere salir de un cine habiendo añadido algo a su acervo personal.

El escritor Emile Zola y el pintor Paul Cezanne mantuvieron una relación de amistad durante unas cinco décadas, eso sí con grandes intermitencias. El primero procedía de una familia humilde, al contrario del segundo. No obstante, el éxito en vida le llegó con plenitud a Zola y tuvo que esperar  -sin grandes alardes- al último tramo para que el pintor se sintiera valorado.

La película se desarrolla en varias secuencias datadas en diferentes años, utilizando así la directora, Danièle Thompson, esta técnica narrativa para mostrarnos la evolución de estos personajes, los vaivenes de su relación y simultáneamente el ambiente que se vivía en los círculos artísticos de la Francia de finales del XIX. La acción se mueve entre la Provenza de sus amores y aquel París donde todo era posible.

El guion es abundante en diálogos. De hecho la trama podría desarrollarse perfectamente como obra de teatro. Ese pensamiento me llevó durante la proyección a recordar que la escena francesa, sobre todo por medio del autor Jean Claude Brisville, ha utilizado esta fórmula de enfrentar dialécticamente a dos personajes, por cierto con gran éxito. Véanse, por ejemplo, “La cena” o “Encuentro de Descartes con Pascal joven”.

La ambientación en la bella Provenza es un tanto a favor de la película. Sin pasarse de la raya ni llegar a excesos como en otras películas donde el protagonista es un pintor abducido por el paisaje, la campiña de esta región queda muy hermosa ante nuestros ojos de espectador.

Para los aficionados, y si puede ser entendidos en pintura, pienso que la película les resultará interesante. Y cómo no, aquellos buenos lectores que sepan muy bien quién fue Zola y lo que representó en su momento e incluso mucho después. Cabe recordar los problemas de censura que tuvo en nuestro país en determinadas épocas.

Hay abundantes citas a personajes y acontecimientos de aquellos años, como el famoso “Yo acuso” de Zola respecto al caso Dreyfuss. Bien es cierto que necesita de un cierto conocimiento previo del espectador.

Una agradable película, por tanto, ilustrativa y un tanto discursiva, correcta sin alardes desde el punto de vista cinematográfico, y bien interpretada por dos Guillermos: Canet, muy visto últimamente, y el actor, director y productor teatral Gallienne, una figura en su país y apenas conocido por el nuestro.

A destacar la presencia de la siempre encantadora Sabine Azema, que ya trabajó con la directora en alguno de sus filmes anteriores. Les recuerdo que en nuestras pantallas pudimos ver no hace mucho “Cena de amigos”, “Patio de butacas” y “La bûche”, todas ellas películas corales, comedias sin risas.



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