Su graciosa majestad

'La reina Victoria y Abdul' aborda la relación de curiosa amistad que la soberana británica mantuvo con un hindú en los últimos años de su reinado.

Escena de ‘La Reina Victoria y Abdul’.

Fernando Gracia. Lejos quedan los principios de Stephen Frears en nuestras pantallas, con títulos arriesgados y de temática dura, como “Mi hermosa lavandería”, “Ábrete de orejas” o la exitosa “Las amistades peligrosas”. Por el medio, asuntos sociales, alguna aproximación literaria y últimamente temas muy entroncados con “lo inglés”. Véase su excelente “Mrs. Henderson presenta”, también basada en hechos reales como la película que ahora nos llega.

Sin duda el gran impacto crítico y comercial de “The queen”, sobre la figura de la actual soberana y su actuación tras la muerte de Lady Di, han podido pesar para que ahora filme algunas andanzas de una de las reinas por antonomasia del Reino Unido, la longeva Reina Victoria.

No hace mucho se aireó la relación de curiosa amistad que la soberana mantuvo con un hindú en los últimos años de su reinado. Lo que se narra en “La reina Victoria y Abdul” es posible que no ocurriera exactamente como se nos cuenta; de hecho algunas anécdotas pueden parecer casi imposibles, pero en todo caso y como dicen en Italia: “si non è vero è ben trovato”. Quiero decir que en absoluto me chirrían como espectador una vez planteada la historia.

Debo reconocer que he disfrutado con su visión bastante más de lo esperado tras asistir semana tras semana a su avance publicitario –o tráiler, como siempre se ha dicho, en ya admitido spanglish-. Frears lleva con buen pulso la narración, salpicada de leves chistes sobre británicos e hindúes, intentando y casi siempre consiguiendo humanizar la figura de la famosa reina.

Ni que decir tiene que, como es habitual en el audiovisual de las islas, la ambientación es impecable, así como la adecuación del reparto. Porque hay que ver lo bien que los británicos hacen de ingleses…

El filme está atravesado por un tenue tono de comedia, sin profundizar en exceso en asuntos políticos, seguramente porque tampoco lo pretende ya que es su intento de humanización lo que prevalece. Algo así como presentar a la eminente dama en su difícil intimidad y la consabida soledad del poderoso.

Al público mayoritario casi siempre le gusta ver esas secuencias de boato y protocolo, o como dirían por esos lares que aparecen en la película, con su pompa y circunstancia. En una producción como esta no podían faltar, y como era de esperar están narradas con un leve aire satírico.

No sería el filme lo que finalmente es si no estuviera al frente del reparto una actriz como Dame Judy Dench. Y lo pongo así, con el título por delante porque hace casi treinta años que Isabel II así la invistió. Y porque es toda una dama de la interpretación, ganadora de multitud de premios en teatro y cine, entre ellos un óscar por su corto e intenso papel en “Shakespeare in love” haciendo precisamente de reina. De la otra grande de la historia británica, Isabel I.

La dama está como se la espera. Enorme. Y no solo porque dé el tipo. Vayan a verla aunque solo sea por ella. Y en todo caso les aconsejo su visión sobre todo a aquellos que gusten de relatos sencillos, claramente expuestos, sin apenas complicaciones ni estilísticas ni argumentales, con la coartada favorable de esconder un punto de verdad.



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