Vida y misterio de García Lorca

El espectáculo del festival Zaragoza Escena, ZGZ 2017, no era una novedad en sí, pero se convirtió en una de las cimas expresivas que uno puede recordar a lo largo de su vida, referidas al gran poeta granadino.

Escena de la representación. / Foto. zgzescena.es

Francisco Javier Aguirre. No constituye ninguna novedad revisar y repasar los episodios y las producciones de Federico García Lorca a lo largo de su corta, aunque fructífera, vida. Las personas de cierta cultura conocen tanto en este país como en nuestra órbita cultural su trayectoria, y lamentan su desaparición.

De este modo, el espectáculo presenciado en el Teatro del Mercado el pasado viernes, 29 de septiembre, dentro del festival Zaragoza Escena -ZGZ 2017– no era una novedad en sí, pero se convirtió en una de las cimas expresivas que uno puede recordar a lo largo de su vida, referidas al gran poeta y dramaturgo granadino.

Todo por obra y gracia de María Pilar Pérez Aspa, directora e intérprete de la sesión, con pequeños apuntes musicales de Antonio Porro y efectos luminosos de Pietro Paroletti. Tampoco es frecuente que al final de un recital de este tipo –aunque era algo más que un simple recital– el público, absolutamente todo el que llenaba la sala, prorrumpiera en aplausos y vítores a la artista, que no por ello se emocionó ni se sobresaltó, porque ya estaba suficientemente emocionada por su propia actuación, lo cual fue un elemento añadido para su credibilidad interpretativa.

El monólogo, perfectamente estructurado en ritmo y contenidos, fue creciendo en intensidad a lo largo de la prolongada hora en que se desarrolla, pero lo hizo de una forma natural, conducida por la propia fuerza de las palabras y por el intenso sentimiento que movía a la actriz.

La actuación es de las que dejan una huella indeleble en los asistentes, de las que hacen época, de las que uno contemplaría varias veces para extraer toda la riqueza de matices, para captar toda la expresividad, para llenar toda la capacidad emotiva de que cualquier persona sensible y atenta es capaz.

La escueta escenografía y la precisa iluminación contribuyeron a precisar el alcance de las palabras y a redondear una sesión dramática que supera ese concepto para convertirla en algo más próximo a la vivencia que al mero espectáculo.



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