Don Perlimplín

El montaje ofrecido por el Teatro del Norte utiliza un reducido espacio escénico, pero es rico en vestuario, algo preciso para conseguir una excelente diversificación actoral.

Escena de ‘Don Perlimplin’.

Francisco Javier Aguirre. Etelvino Vázquez es conocido en el mundo del teatro por su estilo, por su incombustible energía, por su trabajo multidisciplinar y por su buen olfato en la selección de los textos que va representar.

Durante el pasado fin de semana hemos podido asistir en el Teatro de la Estación a la puesta en escena de la aleluya erótica de Federico García Lorca ‘Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín’, una obra considerada menor del poeta y dramaturgo granadino, pero dotada de sentido trascendente a poco que se busquen sus esencias.

Acompañado de Cristina Lorenzo y David González, el veterano actor y director asturiano ha puesto en pie esta obra entre la farsa y la tragedia en la que el autor despliega buenas dosis de su lirismo y al mismo tiempo de su espíritu cómico. Ese ‘monigote sin fuerzas’ a que se refiere Etelvino en la reseña del espectáculo, es un alma hermosa que habita en un cuerpo decrépito, pero capaz de provocar una ósmosis espiritual en la casquivana mujer que tiene por esposa.

El montaje ofrecido por el Teatro del Norte utiliza un reducido espacio escénico, pero es rico en vestuario, algo preciso para conseguir la diversificación actoral de la que hacen gala tanto Cristina Lorenzo como David González. Las continuas metamorfosis de este último, sobre todo interpretando papeles femeninos como la criada Marcolfa y la madre de Belisa, son de gran mérito. También Cristina Lorenzo en su desdoblamiento de mujer coqueta y a veces fatal por una parte, y de oráculo infernal por otra, consigue una versión vivaz de sus personajes.

Una vez más, Etelvino Vázquez encarna con sorprendente verismo la imagen de un hombre sujeto a los vaivenes de la vida, incrédulo ante los giros que le propone el destino y animoso a la hora de afrontar retos inesperados.

La música diseñada por Alberto Rionda acompaña la acción, dotándola de un ambiente que resalta el simbolismo enigmático que impregna la obra.



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