Maquiavelo. El Príncipe

La trama se centra en el momento en que Niccolò di Bernardo dei Machiavelli, su nombre oficial, ha caído en desgracia y se encuentra exiliado.

Foto: Teatro de las Esquinas.

Francisco Javier Aguirre. La trayectoria política y personal de Maquiavelo ha dado pie a Juan Carlos Rubio para elaborar un monólogo a cargo de Fernando Cayo, que fue representado el pasado fin de semana en el Teatro de las Esquinas.

El tratadista florentino ha sido una de las figuras más controvertidas de la historia del pensamiento político porque diseccionó con agudeza los recursos del poder basándose en personajes reales, unos históricos y otros contemporáneos. Fue compleja al mismo tiempo su trayectoria vital, y ambos elementos, el biográfico y el teórico, conviven en el monólogo de manera equilibrada.

La trama se centra en el momento en que Niccolò di Bernardo dei Machiavelli, su nombre oficial, ha caído en desgracia y se encuentra exiliado, teniendo que sobrevivir de su trabajo como leñador. Eso le hace conectar con la naturaleza viva, al tiempo que descarga su mente de los asuntos administrativos que le habían ocupado hasta el momento. Pero esa situación, en apariencia negativa, le permite reflexionar en profundidad sobre el poder y analizar con distancia a los personajes que lo ejercen.

En eso consiste el monólogo, que nos presenta en un primer momento las noches del protagonista, ataviado con sus mejores galas para ir elaborando su teoría política; en un segundo tramo lo veremos referirse al trabajo manual con el que han de sobrevivir él y su familia. El texto es conceptualmente denso, aunque aliviado por las anécdotas que el protagonista intercala. La ambientación se ha actualizado en consonancia con la modernidad de sus teorías políticas y de los análisis que pueden fácilmente extrapolarse al presente.

A lo largo de casi una hora asistimos a un desfile de sentencias extraídas de las principales obras del autor “El Príncipe”, “Discursos sobre la primera década” de Tito Livio, “El arte de la guerra” y “La Mandrágora”, así como de parte de su correspondencia. La pervivencia de su pensamiento es indudable, resultando fácil asimilar sus ideas, mucho más extensas y profundas que el concepto de maquiavelismo con el que a menudo se simplifica su pensamiento.

La interpretación de Cayo es excelente, con gran expresividad verbal y gestual. Un estudiado juego de luces y sombras, iluminando los sectores de la escena en los que se desarrolla la acción, y un muy preciso diseño escenográfico para mostrar la realidad cotidiana en que se desenvuelve Maquiavelo, contribuyen a la fluidez del espectáculo y al mantenimiento de su interés.



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