Los universos paralelos

El autor analiza con gran profundidad y multitud de detalles el sufrimiento de una familia que ha perdido un hijo.

Quintín García Muñoz. En ocasiones se dice que el arte está forjado en el dolor y en el sufrimiento, y en el caso de esta excelente obra de teatro, se cumple. La pieza de David Lindsay-Abaire se ha ofrecido durante el último fin de semana en el Teatro Principal, por el consorcio Milonga Producciones/ Abu/Tinitus/Ver Teatro, bajo la dirección de David Serrano. El autor analiza con gran profundidad y multitud de detalles el sufrimiento de una familia que ha perdido un hijo. Es probable que si no se ha vivido una situación tan dramática, un escritor no pueda crear una obra literaria como esta.

Lindsay-Abaire ha conseguido de forma magistral enlazar momentos trágicos con momentos graciosos. El espectador está riendo y en dos segundos pasa a una situación triste. Hay momentos en los que es tal la tensión en el ambiente, que parece palparse. Afortunadamente se diluye en escenas que le hacen reír. En ningún momento el espectador se siente abatido por la tragedia. No da tiempo. Las escenas están muy bien dosificadas para que no ocurra.

El título Los Universos Paralelos puede deducirse por el aislamiento en que se encuentra cada miembro de la familia causado por el dolor. Parece que no hay forma de que se entiendan. La abuela intenta convencer con unos argumentos que sus hijos no entienden. Los padres tampoco consiguen establecer un enlace que les permita salir a ambos de su propio mundo. La tía del niño tiene otros problemas. Casi al final se desvela otro significado que sirve a la madre como atenuante de su terrible dolor.


Los actores representan tan extraordinariamente su papel, que el espectador piensa que está viendo la vida real. En muchas ocasiones, por no decir en todas, la sobreactuación es un defecto muy repetido. En el caso de esta obra teatral, son tan elegantemente naturales que hacen olvidar al espectador que está en un teatro. Malena Alterio como Patricia, Juan Carlos Vellido como Alberto, Carmen Balagué como Lola, Belén Cuesta como Lucía e Itzan Escamilla como David son extraordinariamente naturales, lo que muestra su gran valía como actores.

Es de destacar, también, la bondad de cada uno de los personajes, algo que se agradece en un mundo tan cruel como el actual. Verdaderamente hay que felicitar a toda la compañía porque han conseguido llevarnos de la oscuridad a la luz, entre sonrisas y lágrimas.

 

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