Rusia hoy

'Sin amor' nos cuenta una historia de desamor, de una pareja en trance de divorcio, padres de un niño de 12 años, presentado como víctima de la situación.

Escena de ‘Sin amor’.

Fernando Gracia. No abundan las películas rusas en nuestra cartelera, aunque en su favor añadiré que las que llegan suelen ser de alta calidad y desde luego de las más ponderadas por los aficionados más exigentes, que aún quedan.

Andrey Zuyagintsev ya nos impactó hace tres años con su “Leviatan” y remontándonos más en el tiempo, con “El regreso”, la película por la que le llegamos a conocer. En todas ellas presenta una imagen poco amable de su país, eso sí adornada por gran –y fría- belleza estética.

En su nueva producción, “Sin amor” nos cuenta una historia de desamor, de una pareja en trance de divorcio, padres de un niño de 12 años, presentado como víctima de la situación. Una historia llena de egoísmo, hedonismo y frialdad, seca y cortante. Y fría, muy fría, como el paisaje que abre y cierra la película, en evidente metáfora.

Y de fondo, la Rusia de ahora mismo. Un país que ha dado un salto de vértigo desde el pasado régimen a la asunción de la “modernidad occidental” más radical. Un país donde conviven los restos de la burocracia pasada con organizaciones como esa suerte de ONG que se dedica a buscar desaparecidos, que no es un invento del guion, sino una plausible realidad.

La pareja protagonista, dos antihéroes, deberán afrontar la desaparición de su hijo, en un desarrollo que recuerda vagamente a “Pororoca”, filme rumano que gustó muchísimo en el Festival de San Sebastián, incluido a quien suscribe.

La historia es poco complaciente con el espectador. El director añade pequeños detalles a la trama, todos ellos para satirizar la “nueva Rusia”, aunque sin cargar las tintas, de forma sutil y a mi modo de ver muy inteligente.

No es un filme cómodo porque sus protagonistas no invitan a empatizar con ellos. Son personas de la nueva clase media acomodada, lejanas a trillados estereotipos de bonhomía, y ¡ay! tristemente creíbles.

Por un momento parece que la película vaya a ser simplemente un thriller policíaco. Averiguar qué ha ocurrido, ver qué caminos se siguen para solucionarlo, y algo de ello hay pero en absoluto es la razón final del autor. En el título de la película está claro cuál es la intención.

Es candidata al Óscar a la mejor película de habla no inglesa, obtuvo el premio del jurado en Cannes –que no es cualquier cosa- y hay quien le acusa de ser de ese tipo de películas que solo gustan en los grandes certámenes.

Desde luego no es para sesión con palomitas, pero en absoluto es un filme extraño. Al revés, es claro como el Evangelio. Y aunque pueda parecer por lo dicho que es localista, su gran mérito es que la historia es extrapolable a casi cualquier sitio. Para mi gusto un filme más que notable.

Soberbia la pareja protagonista e inquietante el rostro del niño. Un ejemplo más de que estamos en las que posiblemente son las mejores fechas para los aficionados.



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