Impostura

Carlota Berzal lleva a escena ‘Todo lo que no soy’, denuncia frente a la realidad del mundo contemporáneo que escamotea los valores auténticos para imponer estereotipos.

Francisco Javier Aguirre. Carlota Berzal, de mano de la Compañía La Turba, con la participación de Federico Tarántola, ha presentado el pasado domingo en el Teatro de las Esquinas su monólogo ‘Todo lo que no soy’. Entre bromas y veras, los espectadores asisten a una presunta entrevista en la que una actriz muestra sus capacidades, sus conocimientos y sus habilidades recorriendo toda su trayectoria vital, desde la infancia hasta el momento presente.

Aderezada con peluca y disfrazada tras un maquillaje excesivo, la actriz va desgranando retazos de su vida y de su actividad ante el público, que ríe las gracias porque realmente Carlota Berzal la tiene a la hora de expresarse. Surge un contrapunto inesperado por parte del técnico de la iluminación, que progresivamente interviene fuera de escena corrigiendo, contradiciendo y contrariando al personaje que representa esa mujer en busca de un puesto de trabajo en el proceloso mundo del arte dramático.

La acción se desarrolla con la complicidad del público, que va matizando las diferentes fases de esa representación ficticia ante un presunto tribunal examinador, o un director de casting, al que hay que hacerle creer las capacidades multidisciplinares de la aspirante. Desde los diferentes tipos de danza, hasta la habilidad literaria, pasando por la canción, asistimos a una progresiva disminución de la credibilidad de la artista en cuanto tal, a su impostura. La conclusión es demoledora. Cuando todo parece haber terminado, llega la hora de la verdad y la aspirante se va desnudando, se quita la peluca, se desmaquilla y queda con su cruda verdad ante el público.


El significado, más allá de la broma, es largo y ancho, el simbolismo profundo y puede llegar hasta donde cada uno alcance a discernir. El comentario informativo previo de la Compañía alude a una auténtica prostitución del arte que obliga a los actores, sobre todo a los nuevos y más jóvenes, a traicionar sus ideas para alcanzar el objetivo deseado. Una auténtica denuncia frente a la realidad del mundo contemporáneo que escamotea los valores auténticos para imponer estereotipos que encajen dentro de unas superestructuras no siempre honestas.

La interpretación de Carlota Berzal tiene veracidad e intensidad. La pugna verbal con su presunto técnico de luces está bien realizada porque simboliza esa fuerza anónima del ambiente que condiciona la limpieza de los procesos selectivos, y no solamente en el mundo del teatro.



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