La velocidad del otoño

Lola Herrera y Juanjo Artero encarnan a Alejandra y Cristóbal, una madre que no desea abandonar su hogar y un hijo que trata de convencerla de lo contrario.

Escena de ‘La velocidad del otoño’.

Francisco Javier Aguirre. Una actriz veterana, Lola Herrera, y un actor cuajado, Juanjo Artero, se meten en los papeles de Alejandra y de Cristóbal, madre e hijo, ella con la amenaza de ser encerrada por su familia en una residencia de ancianos. ‘La velocidad del otoño’, una dramedia de Eric Coble, en versión de Bernabé Rico, se ha representado durante el pasado fin de semana en el Teatro de las Esquinas, con lleno absoluto en todas las funciones.

No es para menos. El tema afecta de lleno a cualquier persona mayor de edad, por activa o por pasiva. Hay quienes están ya en el momento de pensar en el futuro inmediato, pero puede ocurrir que sus descendientes piensen por ellos. En cualquier caso, el tema es la irremisible llegada de la vejez, que acelera su velocidad a medida que pasa el tiempo.

La acción se desarrolla en un salón del lujoso piso donde vive Alejandra, que ha superado los 80 años, y que está decidida a seguir allí hasta que llegue el final de sus días. Aparece escalando por la ventana su hijo Cristóbal, enviado por sus hermanos mayores, que aguardan inútilmente a que su madre les abra la puerta. Quieren convencerla para que abandone su hogar y se recluya en una residencia. Como ella se niega y ha dispuesto todo un arsenal defensivo a base de cócteles molotov, los hermanos utilizan la argucia de enviar al pequeño, un trotamundos que hace dos décadas abandonó el hogar, para tratar de convencerla.


Este reencuentro da paso a un intercambio de recuerdos, opiniones y sensaciones que dulcifican la tensa confrontación inicial. El hijo revela su sensibilidad en una serie de episodios de los que ha sido testigo recientemente. También su madre se conmueve y entre ambos surge un nuevo vínculo afectivo que va a resolver el conflicto de una manera amable. Ahí termina la acción, dejando a los espectadores un sabor agridulce, por cuanto el futuro de cada cual, a corto o medio plazo, ha quedado expuesto simbólicamente en el escenario.

La interpretación de los actores de este texto bien construido, plagado de insinuaciones y sugerencias filosóficas sobre el paso del tiempo y el valor de la familia, es impecable. La escenografía refleja un ambiente de lujosa decadencia y la banda sonora revela una de las aficiones de esta mujer, Alejandra, que además de artista plástica, es una experta melómana. La dirección de Magüi Mira es eficaz y tenue, puesto que los protagonistas fluyen con mucha naturalidad durante toda la representación.



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