Soledades

Con 'La forma del agua', Guillermo del Toro ha completado un filme notable, muy coherente con su trayectoria artística, recomendable a los aficionados al cine fantástico.

Fernando Gracia. Guillermo del Toro ha conseguido en su corta carrera lo que podríamos denominar como una imagen de marca. En el fondo, algo a lo que aspira cualquier artista. Gustará más o gustará menos.

Desde que se dio a conocer con la inquietante “Cronos”, que vimos unos pocos, su cine ha ido creciendo en aceptación sobre todo entre los más jóvenes, seguramente por su inclinación hacia lo fantástico. De esta forma se ha convertido en una estrella para festivales como el de Sitges, donde se le recibe con adoración.

Debo confesar que nunca he sido un fan declarado de su cine, aun reconociéndole su brillantez plástica. Por tanto, esperaba con curiosidad su último trabajo, que viene tan bien recomendado y por si fuera poco avalado por el León de oro en Venecia, que no es cualquier cosa.


Y debo decir que he salido francamente complacido de “La forma del agua”, poético título de lo que no es sino un cuento para mayores, con claras reminiscencias a pasados títulos gloriosos de la historia del cine.

Hay que ser poco versado en ella para no advertir guiños a “La mujer y el monstruo”, “La bella y la bestia” y evidentemente “King Kong”. Lo que en sí mismo no es malo, ni mucho menos. De entrada, sirve para que el espectador acepte la propuesta fantástica. Una propuesta que luego Del Toro desarrolla con buen pulso, mezclando hábilmente una trama de espionaje bastante naif con una historia de amor “fou”, sublimada por una excelente puesta en escena y adornada por una soberbia fotografía y una magnífica banda sonora.

Todo ello amenizado por algún que otro número musical y un claro homenaje al cine de programas dobles, no en balde la acción nos lleva a los primeros años sesenta en plena guerra fría.

Esta mezcolanza no se le va de las manos al realizador mexicano y compone finalmente un bello espectáculo cinematográfico muy disfrutable si uno se deja llevar. Es cierto que la trama es bastante ligera, pero no nos engañemos: estamos ante un cuento –o fábula, si nos ponemos más literarios- y hay que olvidarse por tanto de verosimilitudes y otras zarandajas.

La idea de Guillermo del Toro siempre pareció que era mezclar fantasía –con un monstruo si puede ser- con otros temas más serios. Recuérdense títulos como “El espinazo del diablo” o “El laberinto del fauno”, tan celebrados en su momento. En esta ocasión el asunto de fondo no es sino la soledad. La que afecta a la encantadora protagonista –una brillante Sally Hawkins-, o a su amigo homosexual –el no menos magnífico Richard Jenkins-, y cómo no, la de la criatura medio monstruo medio persona, que recuerda estéticamente a otras conocidas de la historia del cine, aunque ahora más depurada por aquello de los avances técnicos.

En mi opinión, Del Toro ha completado un filme notable, muy coherente con su trayectoria artística, recomendable a los aficionados al cine fantástico y no tanto a los muy pragmáticos. No hay que engañarse: estamos ante un cuento romántico, con su malo muy malo –el siempre eficaz Michael Shannon- y su moraleja.

Olvídense de los premios y las múltiples nominaciones al óscar. Simplemente déjense llevar por la propuesta, disfruten con los tres o cuatro momentos hermosos de la película, con sus bellos homenajes al cine de nuestros pecados, con los buenos actores que la alumbran, y saldrán satisfechos de haberla visto.



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