La sucesión

'La muerte de Stalin', de Armando Ianucci, es una comedia negra que gustará a los más veteranos.

Fernando Gracia. Un escocés del que solo conocíamos su desaforada sátira “In the loop”, Armando Ianucci, nos presenta una nueva producción de corte similar, solo que en esta ocasión basado en hechos auténticos, los que rodearon la muerte –para muchos más que misteriosa- de José Stalin.

Con un guion basado en una novela gráfica francesa, “La muerte de Stalin” es una comedia negra, que oscila entre momentos muy ingeniosos y otros de brocha un poco más gorda, pero manteniendo siempre un tono mordaz e irónico, con lo que el producto final resulta más que atrayente.

Desde el primer momento el espectador advierte que aquello no es una seria y formal recreación de lo que más o menos pudo ocurrir, centrado en una serie de personajes que se movían alrededor del dictador, algunos de cuyos nombres fueron muy habituales para los que ya leíamos periódicos allá por los años cincuenta.

Kruschev, Bulganin, Molotov, Malenkov y sobre todo el inquietante Beria, desfilan ante nuestros ojos como una caterva de intrigantes y, mientras vive Stalin, aduladores y al mismo tiempo temerosos de lo que les puede pasar, visto lo que a miles de compatriotas les está sucediendo en aquella Unión Soviética de purgas constantes.

Una soberbia secuencia alrededor de un concierto mozartiano radiado, abre la película. Lo que allí ocurre, incluidas las conversaciones entre los dos responsables de la transmisión, resumen en un momento la dura realidad de aquellos años bajo el mandato todopoderoso del padrecito Stalin.

El filme está hablado en inglés, y de hecho su estilo de humor también se podría tachar de muy británico. A ello contribuye la matizada dicción de actores como Simon Russell Beale, Paddy Considine o el recordado ex Monthy Phyton Michael Palin, que encarna nada menos que a Molotov, todo un personaje en la historia soviética que ha pasado a la historia por dar nombre al famoso cóctel.

La película garantiza un buen rato al espectador que tenga una mínima información sobre los hechos y sobre todo los personajes de los que allí se habla. Se sigue con una sonrisa y aunque no es sutileza lo que le sobra resulta en líneas generales una buena comedia.

Dejo para el final mencionar al actor que encarna a Nikita Kruschev, aquel que poco tiempo después ser haría con las riendas del poder y que tanto juego dio a los humoristas cuando se quitó un zapato en plena asamblea de la ONU en señal de protesta. Steve Buscemi, con su aspecto tan singular, compone un divertido y sinuoso personaje, histriónico y peligroso. Como quiera que este político acabó siendo más o menos familiar para muchos de nosotros cuando éramos más jóvenes, resulta curioso verlo encarnado en un actor al que tanto apreciamos.

Un filme notable que gustará a los más veteranos. Los más jóvenes quizá no aprecien tanto la ironía, amén de resultarles apenas –o nada- conocidos los políticos que allí se mencionan.



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