La tumba de María Zambrano

Nieves Rodríguez ha compuesto y Jana Pacheco ha dirigido un retablo poético, filosófico, onírico y simbólico en torno a la gran intelectual española.

Imagen de ‘La tumba de María Zambrano’. / Foto: Centro Dramático Nacional.

Francisco Javier Aguirre. Subtitulada ‘Pieza poética en un sueño’, esta recuperación de la imagen de la gran intelectual española de principios del siglo XX se ofreció el pasado fin de semana en el Teatro del Mercado. Nieves Rodríguez ha compuesto y Jana Pacheco ha dirigido un retablo poético, filosófico, onírico y simbólico al que dan vida Óscar Allo, Isabel Dimas, Aurora Herrero, Daniel Méndez e Irene Serrano, en una coproducción del Centro Dramático Nacional, Volver Producciones e Ibercover Studio.

No se trata de un retrato biográfico de la pensadora malagueña, fallecida en 1991, sino del eco de su filosofía, de la herencia de su pensamiento y del reflejo de su razón poética. La obra tiene una voluntad más literaria y plástica que netamente teatral. Tampoco trata de explicar su fecundo pensamiento, sino simplemente de plasmar una especie de figuración onírica en la que se intuyen algunas de sus preocupaciones y sentimientos como mujer y como ser humano.

Es precisamente la cotidianidad, en forma de recuerdo infantil o de quimérico sueño retrospectivo, lo que sirve de eje a una obra que se articula como el fantasmagórico esbozo del lejano pasado de la protagonista y como su emotivo deseo, proyectado mucho más allá de ella misma hacia la abstracción, como un mensaje de amor y conciliación. La escritora malagueña aparece en el texto como una voz que atraviesa el tiempo y el espacio, como una mujer universal que nos habita, nos interpela y nos llena de esperanza, como el espíritu femenino que nos redime de la desesperanza.


Explica la autora del texto que la obra toma su nombre de ‘La tumba de Antígona’, la pieza que escribiera la filósofa y, como sucede en ella, se trata de un sueño que tiene forma de espiral. El tiempo se funde y se multiplica. El mundo onírico invita a soñar, unas veces, y a escuchar este delirio otras.

En el espectáculo se aborda el texto como un detonador mágico para construir una dramaturgia corporal repleta de imágenes. Poesía y movimiento van de la mano para trasladar el universo filosófico de María Zambrano a la escena. Su pensamiento es un viaje hacia la esperanza, y la conclusión es que necesitamos un mundo donde la última palabra sea Paz, en palabras de la directora.

A la precisa conjunción de los intérpretes, cada uno bordando su papel, a veces hábilmente duplicado, hay que sumar el buen trabajo escenográfico de Alessio Meloni y el elocuente vestuario de Eleni Chaidemenaki, así como el esmerado trabajo de Elisa Cano, Clara Thomson, Xus de la Cruz, Gastón Horischnik y Rubén Camacho en los restantes elementos de coreografía, luz, video y sonido que consiguen reforzar el impacto del texto.



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