Corrupción

'Cairo confidencial', una película altamente recomendable para los amantes del cine negro e interesados por la más rabiosa actualidad política internacional.

Escena de ‘Cairo confidencial’.

Fernando Gracia. Ganadora de la última edición de la Seminci, afortunadamente nos llega “Cairo confidencial”, incrustada de forma casi imprevista en medio de una programación que intenta aprovecharse de los días de vacación de la gente más menuda, lejos de las prácticas de décadas ya lejanas.

Para empezar hay que anotar la treta de los distribuidores españoles ignorando el título original –“Incidente en el Hilton Nilo”- colocándole el vocablo “confidencial”, para que alguien lo asocie con aquella sobre Los Ángeles de tanto éxito de crítica y público.

Porque la película no es sino un thriller policíaco en el cual la ciudad donde transcurren los hechos, la capital egipcia, desempeña un papel fundamental. Estamos a principios de 2011, dentro de lo que se llamó “la primavera árabe”, con revueltas en contra del régimen de Mubarak. El asesinato de una hermosa cantante es investigado por un policía, que descubre la relación de la mujer con un magnate de la construcción muy cercano a la cúpula del poder.


El desarrollo de la trama se ajusta a los más clásicos cánones del género, con el añadido de ese trasfondo de corrupción con el que el director acusa a la mayoría de la policía, una corrupción de la que casi nadie escapa y que parece endémica. Ni siquiera el fornido protagonista es ajeno a ella.

En algunos momentos me ha recordado la línea argumental al “Chinatown” de Polanski. Y desde luego a multitud de grandes obras norteamericanas que tanta gloria dieron otrora a este apasionante género.

El director, Tarik Saleh, despacha un producto notable, que nunca deja de interesarnos, sazonando su película con un aire de desencanto, máxime cuando todos sabemos qué vino a continuación de aquellos convulsos meses. Ya saben: cayó el régimen, hubo juicio, encarcelamiento, sobreseimiento, golpe de estado y ahora mismo unas elecciones ganadas con abrumadora mayoría y escasa participación ciudadana.

Como el guion no debió de hacer gracia a las autoridades, la película se filmó en Casablanca y la financiación salió de Dinamarca, Alemania, Marruecos y Suecia, país este donde residen el director y el protagonista de la película, Fares Fares.

Este último compone muy ajustadamente su papel. Su rostro rotundo, que no sé por qué me ha recordado en todo momento al gran púgil madrileño de los sesenta Luis Folledo, ya había sido visto en nuestro país en las películas de la serie sobre el Departamento Q.

Película altamente recomendable para los amantes del cine negro e interesados por la más rabiosa actualidad política internacional.

Su tono desencantado la entronca sin problemas con las buenas películas del género que la historia del cine guarda en su ya larga historia.

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