La zanja

La compañía catalana Titzina extrapola una historia vergonzosa del pasado a la realidad mostrenca que consume la actualidad: el abuso del poderoso sobre el humilde.

Escena de ‘La Zanja’. / Foto: /www.titzinateatro.com

Francisco Javier Aguirre. Diego Lorca y Pako Merino son los dos dramaturgos, actores y directores de la compañía catalana Titzina que durante el pasado fin de semana presentaron en el Teatro del Mercado su última producción, ‘La zanja’, en la que extrapolan una historia vergonzosa del pasado a la realidad mostrenca que consume la actualidad: el abuso del poderoso sobre el humilde, sea ésta una humildad de información o de situación.

Hay un doble planteamiento con el que se juega circunstancialmente. El primero corresponde a la época de la conquista del Perú por los españoles, encabezados por un aventurero criminal llamado Francisco Pizarro que abusó ladinamente de la ignorancia y la inocencia de los indígenas hasta hacerse con el poder y el oro, tras asesinar al inca Atahualpa. Ahora, transcurridos casi cinco siglos, otro aventurero empresarial llamado Miquel intenta repetir la hazaña como emisario de una empresa de bajo escrúpulo que trata de apoderarse de las riquezas auríferas del mismo territorio.

Al igual que el turbio antecesor histórico urdió tramas de engaño contra los indios, ahora Miquel, técnico de una multinacional minera, se enfrenta a Alfredo, el alcalde de la población, produciéndose un reencuentro entre dos mundos, próximos en el tiempo pero muy distantes en su forma de entender la vida. Todo se corrompe en contacto con la mente sucia del invasor moderno y su obsesión por conseguir un oro metalúrgico que simboliza la pureza y la belleza, que pronto serán mancilladas por un mercantilismo sin escrúpulos, sin conciencia.

La representación se sigue con interés y va creciendo en dimensiones reivindicativas cada vez más evidentes. La mentira, el fraude y la violencia del nuevo invasor quedan patentes frente a la buena voluntad, la camaradería y la visión serena de la vida que muestran dos campesinos, primos entre sí, a quienes se les roba la inocencia hasta convertirlos en sicarios.

Muy buena la caracterización de los actores y su interpretación, sobre todo en sus papeles de campesinos humildes. Escenografía sencilla, pero sugerente. Una obra incómoda, cuyo impacto debiera llegar muy lejos en el mundo mercantilista y despiadado que nos envuelve.



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