¿Y ahora qué?

'Custodia compartida' está muy medida en su duración y se pasa en un suspiro aunque no es precisamente para divertirse, sino para reflexionar.

Escena de la película ‘Custodia compartida’.

Fernando Gracia. Dos premios en Venecia y el reconocimiento del público en San Sebastián avalan la opera prima de Xavier Legrand que acaba de llegar a nuestras pantallas. “Custodia compartida” ya avisa claramente sobre qué va el asunto de este filme francés: una pareja separada y el cuidado de los hijos, en esta ocasión un muchacho de 11 años, centro absoluto de la controversia, y una joven a punto de alcanzar la mayoría de edad.

Con un estilo seco, sin florituras y siempre al grano, el muy medido guion nos muestra diferentes etapas del desencuentro entre la pareja. Comienza con una vista judicial, continúa con tensión y termina con explosión de violencia. Y en el centro de todo el niño, a la vez víctima y arma arrojadiza. Todo ello -¡ay!- tristemente veraz y cada vez más habitual.

Filmada con enorme precisión, colocando la cámara a la altura de las miradas, la película alcanza sobradamente su objetivo de mostrar una triste realidad. No se dan excesivas explicaciones, se insinúan conversaciones, se filma sin mostrar explícitamente y se consigue en todo momento imbuirnos en la tremenda situación de esa familia rota, donde la violencia ha hecho su aparición dejando una impresión de imposibilidad de entendimiento cívico que literalmente aterra.


Porque en su tercio final la película se convierte en un filme de terror, no de ese terror peliculero de monstruitos, posesiones y similares, sino de un terror tristemente cercano y por tanto más creíble. Y además, con un final que no lo es y que deja en el aire la pregunta con la que encabezo estas líneas.

En ciertos momentos a uno le viene a la cabeza el recuerdo de la exitosa “Te doy mis ojos”, sobre todo por las reacciones del varón. Aunque el sigo distintivo del filme que ahora nos ocupa es la presencia del niño, un excelente Thomas Gioria que deja para el recuerdo una interpretación realmente magnífica.

No le van a la zaga los para mí desconocidos actores que interpretan a los padres, Denis Menochet y Léa Drucker. Leo que con esta misma pareja ya consiguió el director un gran éxito al ser finalista al óscar con un cortometraje en el que interpretaban los mismos papeles. Eso sí, en los tiempos inmediatamente anteriores al momento en que ella decide tomar el paso de la separación.

La película está muy medida en su duración y se pasa en un suspiro aunque no es precisamente para divertirse, sino para reflexionar. Podría decirse que estamos ante un ejemplo más de cine “necesario”.

Podría haber sido una película interesante simplemente por su trama, pero como valor añadido hay que decir que su pericia narrativa y la hábil mezcla de géneros que maneja la convierten además en un más que notable producto cinematográfico muy recomendable para aquellos que buscan en las salas algo más que el mero entretenimiento.

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