Vejez

'Lucky' aterriza felizmente en nuestra cartelera, una pequeña joya del cine americano dotada de un cierto toque surrealista.

Fotograma de ‘Lucky’.

Fernando Gracia. En su larga carrera Harry Dean Stanton siempre fue un actor de reparto. Salvo en una ocasión –y qué ocasión- en la que fue el atribulado padre de la obra cumbre de Wim Wenders “Paris Texas”.

Pero cuando ya había soplado 90 velas su colega John Carroll Lynch, otro actor de reparto ahora metido a director, a quien recordamos en la exitosa “Fargo” de los Coen le regala otro papel protagonista que acaba convirtiéndose en su testamente cinematográfico, ya que al poco de concluir el rodaje el actor pasa a mejor vida.

Y uno, que siempre tuvo en gran aprecio la presencia de este actor inclasificable, piensa que no ha podido tener mejor despedida que este “Lucky” que felizmente aterriza en nuestra cartelera, abriéndose camino entre tanta mediocridad.


Porque hay que decir ya de entrada que estamos ante una soberbia película de aire independiente, casi minimalista, de breve duración y de las que deja un sabor de boca excelente aunque a más de uno le pueda parecer que apenas cuenta gran cosa.

Y no es así. Lo que el ajustado guion nos muestra no es sino un retazo de vida, de una vida que está llegando a sus últimas etapas, contemplada con escepticismo y buenas dosis de nihilismo por un hombre solitario, apegado a sus rutinas y muy, muy humano.

En un pueblo texano, bajo el sol y el polvo inmisericordes, de innegable fealdad, a los acordes de una bella banda sonora, asistimos al devenir diario de este personaje que una vez se sintió afortunado, por lo que le quedó el apodo que da título a la película. Con pequeños detalles que en realidad corresponden al propio Stanton –sirvió en la II Guerra Mundial en la Marina-, y amparada en la extraordinaria actuación del veteranísimo actor, la película discurre ante nuestros ojos como un bello poema triste y al mismo tiempo tremendamente humanista.

Dotada de un cierto toque surrealista –esas conversaciones en el bar, el personaje de David Lynch- toca el cielo en una magnífica escena en la que Stanton canta en una fiesta una conocida canción mexicana, en su precario pero suficiente español. Una escena de apariencia sencilla que acaba siendo incluso emocionante y que a quien suscribe le ha reconciliado con el cine y le ha movido en la butaca, algo que no ocurre con frecuencia.

Si de ordinario es recomendable ver el cine en su versión original, en este caso es casi imprescindible. En la película se oyen muchas frases en español, hay personajes que mezclan los idiomas, y oír la gastada voz de Stanton confiere una fuerza tremenda a su personaje.

He nombrado a David Lynch. Sí, el director, amigo personal del actor, no en vano le dirigió en seis ocasiones. En esta ocasión se aviene a interpretar un curioso personaje, quizá intuyendo que estaba asistiendo al canto del cisne de este inolvidable actor, que ha tenido la suerte de dejar este mundo con una actuación para el recuerdo.

Háganme caso los buenos aficionados. Aprovechen la fortuna, como dice el título de la película, de poder ver esta pequeña joya del cine americano. Que no todo van a ser superhéroes y comedias de dudoso gusto y peor calidad.

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