El pueblo sin hombres

Unas mujeres de mediados del siglo XIX en una aldea perdida francesa tienen que sacar adelante la comunidad sin la presencia de hombres.

Escena de ‘La mujer que sabía leer’.

Fernando Gracia. No se han atrevido a respetar el título original de este filme francés, “Le semeur”, que mejor que “sembrador” cabría decir “el hombre semen”. De hecho es el título del relato corto en el que se basa esta opera prima de la realizadora Marine Francen, en cuya carrera figura haber sido ayudante de realización de grandes figuras, Hanneken entre ellos.

Y es que esto viene a suponer la única figura masculina de un reparto coral femenino, unas mujeres de mediados del siglo XIX en una aldea perdida francesa a la que han llegado los ecos del cambio político que llevó a Luis Napoleón a convertirse en emperador, tras haber sido presidente de la II República.

Todos los hombres del pueblo han sido detenidos y nadie sabe nada de ellos. La comunidad la sacarán adelante las féminas, unas casadas, alguna viuda, varias solteras y todas ellas echando en falta la figura masculina, la propia o la que hipotéticamente le puede corresponder tarde o temprano. Destaca entre esas mujeres una joven que, rara avis, aprendió a leer por la determinación de su padre, lo que permite a nuestros exhibidores adjudicarle el título de “La mujer que sabía leer”. Que tampoco está mal puesto.

Las mujeres no solo echan de menos a los hombres por el trabajo duro a desempeñar sino por el sexo. Y cuando aparece un tipo en lontananza ya está la historia servida. Una historia con ciertos toques poéticos, bastante pudorosa cuando podía perfectamente no haberlo sido, con un ligero aire de tragedia griega y en general bien servida por la joven directora, que despacha un trabajo académico en el que la belleza de la fotografía y la pantalla casi cuadrada confieren al producto final un aire de calidad.

En algunos momentos recuerda “El seductor”, la historia que en los setenta filmó Don Siegel con Eastwood de protagonista y que hace poco revisitó la hija de Coppola. No tiene la que ahora nos ocupa el toque cruel de aquellas, aunque sí cierta morosidad que no se hace por otra parte molesta.

La película huye del naturalismo que posiblemente hubiera tenido de haber sido inglesa, buscando más la belleza haciendo hincapié en el toque romántico. Las muchachas, salvo en un caso, no reflejan en sus aspectos la dureza del ambiente en el que se mueven.

Las breves referencias literarias del guion, con Victor Hugo en primer plano, parecen bastante acertadas. De hecho el personaje masculino bien pudiera ser uno de los salidos de su magistral pluma. Y el toque final del ideal republicano queda de lo más propio.

Sin alcanzar grandes cotas, la película me ha parecido suficientemente interesante como para acercarse a verla, más como un producto de “qualité” –tan querido en nuestro país vecino- que otra cosa.



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