Tras la Gran Guerra

“Nos vemos allá arriba” nos sitúa en la Primera Guerra Mundial y sus años posteriores y se centra en tres combatientes, uno de los cuales queda mutilado.

‘Nos vemos allá arriba’.

Fernando Gracia. Una de las películas que más me complacieron de las que pude ver en el pasado Festival de San Sebastián fue “Nos vemos allá arriba”. No me extrañó que en su país de producción, Francia, conquistara un buen número de premios césar amén de alcanzar un apreciable éxito de taquilla.

No sé si este éxito lo repetirá en nuestras pantallas. El aluvión de estrenos, la competencia con blockbusters, que los actores no sean famosos en España y que evidentemente mucha gente no ha leído el exitoso libro de donde procede me hace pensar así.

Y merecería funcionar bien en taquilla. Porque nos encontramos con una inteligente adaptación de la novela de mismo nombre con la que ganó Pierre Lemaitre el Goncourt, que respeta lo fundamental de la misma y en todo momento resulta muy entretenida, lo que es de agradecer.


La historia nos sitúa en la Primera Guerra Mundial y sus años posteriores y se centra en tres combatientes, uno de los cuales queda mutilado. Este hombre tiene una gran habilidad para las artes plásticas y arrastra una compleja relación con su rico padre.

El guion, lleno de peripecias y recovecos, no solo se centra en estas relaciones sino que trata sobre una famosa estafa –que más o menos ocurrió en realidad- sobre algo que el cine ya había tratado aunque de forma mucho más dramática y en otro sentido. Recuérdese “La vida y nadie más”, de Bertrand Tavernier, con el gran Philippe Noiret buscando cadáveres de franceses caídos en combate.

En la película, como en la novela, ocurren muchas cosas. En el fondo tiene un aire como de cine de toda la vida. Hay una historia compleja y variada y se intenta contar de la mejor manera posible. Así de sencillo… aparentemente.

El director, Albert Dupontel, es también actor y en la película se reserva uno de los papeles principales. Como director cumple perfectamente. Consigue una narración fluida y que el público no se pierda en una historia con tantos vericuetos. Como curiosidad les diré que yo tenía asimilada su figura de actor a los desaparecidos cines Renoir, donde al poco de inaugurarse las salas le pudimos ver en “Bernie” y “Un héroe muy discreto”.

Pero quien se lleva el gato al agua es el actor argentino Nahuel Pérez Biscayart, con carrera en su país y en Francia –recuérdenle en “120 pulsaciones por minuto”-, que defiende el papel más radical del filme y no doy más detalles para evitar spoilers. Leyendo hace unos pocos años la novela no imaginaba yo cómo podría abordarse en el cine ese personaje y su deficiencia física. Vean la película y lo sabrán.

Si quieren pasar un par de horas muy entretenidos con un filme donde pasan muchas cosas, lo que no viene siendo habitual últimamente con tanto minimalismo argumental, vayan a verla.

Una demostración más de que el cine francés comercial sigue funcionando muy bien. Desde luego, aunque nos pese, mejor que el nuestro.



Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.