Tabú

'Carmen y Lola' narra la relación lésbica entre dos muchachas de etnia gitana de manera sumamente delicada.

Escena de ‘Carmen y Lola’.

Fernando Gracia. A nuestra ciudad ha llegado CARMEN Y LOLA, aunque unos días antes había quien dudaba que lo hiciera. De hecho, en unos cuantos lugares no se han atrevido a ponerla. Ya se sabe, estamos en tiempos de lo políticamente correcto y en este caso podía sentirse molesto el colectivo gitano.

Todo el mundo sabe de qué va esta modesta película: relación lésbica entre dos muchachas de esa etnia. O sea, un tema tabú. Por tanto el primer mérito que hay que concederle es el hecho de haberse atrevido, máxime cuando además la directora utiliza –con buen criterio- a actores no profesionales, también del colectivo gitano.

Tras un magnífico comienzo, filmado como si fuera un documental de esos que pasan por las teles, en el que vemos el mercadillo donde las familias de ambas chicas instalan sus puestos, el guion nos lleva a una sucesión de escenas costumbristas relacionadas sobre todo con las peticiones de mano y los preparativos de una boda.

Una de las muchachas manifiesta desde un principio su inclinación hacia las personas de su mismo sexo mientras que la otra es una chica “normal”. O sea, la han pedido y se va a casar. Jovencísima, claro, por aquello de la virginidad, tan arraigada a sus costumbres.

De entrada ya sabemos que de una forma u otra ambas van a sentirse atraídas mutuamente. La curiosidad está en saber cómo el guion nos presentará esa atracción y las consecuencias de la misma respecto a los demás.

En líneas generales la directora solventa bien este asunto y, aun sin grandes novedades, la acción transcurre coherentemente. Es cierto que cae en ciertos convencionalismos, pero pienso que era muy difícil sustraerse a ellos, ya que sin los mismos no habría historia, no habría problema. Y el problema está ahí, evidente y para quien lo quiera ver.

Una vez planteada la trama se trata de ver hasta dónde va a tensar la cuerda el guion. Se tensa y luego se precipita hacia un final poético de evidente aroma truffauniano, nada original pero suficiente. Un final abierto, como gusta decirse.

En resumidas cuentas, que la película funciona muy bien. Hace opinar al respetable y no deja indiferente, que no es poca cosa.

Y se beneficia de la excelente interpretación de las noveles Rosy Rodríguez y Zaira Morales, correctamente secundadas por un puñado de actores, la mayoría de la etnia citada, al parecer reclutados entre dos familias, que si bien se mira le han echado valor al asunto.

Muy interesante, en verdad. Y nada morbosa por cierto. Olvídense de películas como “La vida de Adèle” o aquella de Julio Medem que era un revolcón continuo. Esta es en este aspecto sumamente delicada. Y se agradece. A mí al menos así me ha parecido.



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