Freno de mano

En esta comedia, José, que vive de actuar como falso testigo en los juzgados, planea salir de los apuros económicos dando un golpe de efecto en Nueva York.

Francisco Javier Aguirre. Hay comedias que tienen aliento universal, dentro de nuestras coordenadas culturales. ‘Freno de mano’, del argentino Víctor Winer, cumple esa premisa. Se ha presentado el pasado fin de semana en el Teatro de las Esquinas, bajo la dirección de Celso Cleto, despertando una gran expectación. Se trata de una comedia un tanto alejada del típico humor español, para dar cabida a ciertos elementos ácidos que la convierten en una propuesta de reflexión, al tiempo que despierta algunas sonrisas, nunca carcajadas.

Ello a pesar de que el protagonista masculino, Josu Ormaetxe, en el papel de José, despliega toda una serie de recursos gestuales y mímicos que inducen a la comicidad, mientras que Silvia Espigado, como Matilde, su esposa, representa el perfil trágico de la situación.

José, que vive de actuar como falso testigo en los juzgados, planea salir de los apuros económicos dando un golpe de efecto en Nueva York. Matilde está dispuesta a sacrificar uno de sus riñones para venderlo de forma ilegal y recuperar, entre otras cosas, su vivienda, que ha sido embargada por falta de pago. Para completar y complicar la situación, una prima de José, que interpreta con soltura Sofía Alves, se interfiere en la relación entre ambos.

Tras una serie de idas y vueltas, de discusiones, tensiones y amenazas, las cosas vuelven a su cauce con la renuncia del protagonista a su fantasioso proyecto de seguir viviendo de la mentira. El desarrollo de la trama es un tanto reiterativo, pero responde al interés del autor por despertar cierta ansiedad en el espectador, a la vista de que el conflicto no se soluciona por ninguna de las vías propuestas. Frente al contraste de personalidad de los dos protagonistas, aparece la prima ofreciendo una posición intermedia, en la que hay tanto bocetos de fantasía como escorzos de realidad.

Buena interpretación del trío actoral, quizá un tanto exagerada la mimética por parte de Ormaetxe. Escenografía escueta, pero suficiente, con un espacio sonoro de carácter nostálgico-romántico, y una adaptación ambiental española (referencias a Huesca), a pesar de que el objetivo Nueva York, como paraíso soñado, tan propio de la sociedad argentina, se mantiene.



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