Secretos

'Petra', de Jaime Rosales, nos narra una historia dura conceptualmente, entre el melodrama y la tragedia, con un reparto encabezado por una excelente Barbara Lennie.

Marisa Paredes y Bárbara Lennie en Petra.

Fernando Gracia. Sin duda es Jaime Rosales uno de los directores más singulares y con un estilo más reconocible de nuestra cinematografía. Su primer largometraje, “Las horas del día”, ya llamó la atención de los aficionados, y aunque su carrera no cuenta con muchos títulos y a veces las cosas no han ido demasiado bien, sin duda es un hombre muy a tener en cuenta.

Su nuevo trabajo, “Petra”, bien puede considerarse como su título más asequible para el espectador medio, y desde luego perfectamente reconocible desde el punto de vista estilístico para cualquier espectador medianamente informado.

Nos narra una historia dura conceptualmente, entre el melodrama y la tragedia, que de haber sido contada de forma más convencional hubiera tenido un interés mucho más limitado. Me ha parecido un claro ejemplo de un trabajo en el que el cómo está muy por encima del qué. Su planificación, con abundantes diálogos fuera de plano o con un paisaje casero por delante de la acción, su forma fragmentaria de narrar, la división de la trama en capítulos titulados a la manera antigua, su intento de desdramatizar en cierta manera lo que vemos gracias a los títulos de esos capítulos, todo ello contribuye a elevar la calidad de la película por encima de lo que muchos otros hubieran obtenido para contar lo mismo.

El guion está dialogado de forma naturalista y se beneficia de la excelente adecuación de los actores a sus personajes. Vuelve a contar con Alex Brendehmul, algo así como su actor fetiche, y encabeza el reparto una excelente Barbara Lennie, la siempre eficaz Marisa Paredes y una sorpresa muy agradable: un señor llamado Joan Botey que no es actor, sino el dueño de una masía a donde fue el equipo de producción buscando localizaciones.

Botey encarna un personaje duro, un artista de la escultura, rico y moralmente reprobable. Una suerte de depredador sexual, cínico y complejo, que nunca levanta la voz y que se mueve como si fuera un señor feudal.

Rosales vuelve a dar muestras de su habilidad narrativa y de su deseo de no moverse por terrenos trillados en cuanto a puesta en escena. Película no recomendable para consumidores de películas de usar y tirar, requiere una pequeña ayuda del espectador para componer su pequeño puzle estructural. Pero no se asusten, que con un poco de atención todo está suficientemente claro.

Para los buenos aficionados, que esperan un nuevo título que esté a la altura del citado o su premiado “La soledad”, decirles que no saldrán defraudados. El estilo Rosales está presente desde el primer momento y sirve además para adornar una historia que en sí mismo no adolece de falta de interés.



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