Un enemigo del pueblo

La compañía El Pavón Teatro Kamikaze trae una versión de la obra de Ibsen cargada de preguntas duras, llenas de profundidad, dirigidas a la conciencia de los espectadores.

Escena de ‘Un enemigo del pueblo’. / Foto: Teatro Kamikaze

Francisco Javier Aguirre. Pocas veces se enfrenta el público a un reto tan comprometido como el provocado por la compañía El Pavón Teatro Kamikaze con su versión de ‘Un enemigo del pueblo’, de Ibsen, realizada y dirigida por Àlex Rigola, durante el pasado fin de semana en el Teatro Principal.

La obra se montó de una manera singular. Los cinco protagonistas, Nao Albert, Israel Elejalde, Irene Escolar, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes deambulaban por el escenario mientras el público se iba instalando en las butacas, hasta que se inició la función de una manera directa, casi agresiva. Plantearon los actores una serie de preguntas a la concurrencia –cada uno de los espectadores estaba provisto de sendas papeletas con un SÍ o un NO–, hasta proponer el dilema de continuar o no su representación, según fuera la respuesta de los presentes, que previamente habían votado también un SÍ o un NO a la democracia.

Las preguntas eran duras, unas cargas de profundidad dirigidas a la conciencia de los espectadores que debían posicionarse, sin opción abstencionista, que algunos adoptaron sin embargo al no manifestar su voto. Esta postura fue ganando adeptos a medida que avanzaba la encuesta, dato bien revelador de la ‘equidistancia’, o de la ‘puesta de perfil’, que tantos comentarios negativos suscita en los ambientes políticos.

La tensión creada en la sala se disparó cuando algunos de los presentes intervinieron dando su opinión sobre si todo el mundo tiene derecho a votar en unas elecciones democráticas, idea marco de la obra de Ibsen. La anécdota de las aguas contaminadas en un balneario que condiciona el futuro de un pueblo, no pasaba de ser un recurso para disparar los dardos hacia la conciencia del espectador. Israel Elejalde se planteaba como el vértice contestatario del grupo implicado en el problema local, dispuesto a afrontar los riesgos de un posicionamiento contra el poder establecido.

El dibujo de una realidad social, que sitúa a la gente ante alternativas como admitir una injusticia a cambio de no perder el trabajo o de arriesgar incluso la vida, sobrevoló durante toda la actuación. El impacto del planteamiento fue intenso entre los espectadores, que continuaron con la polémica al salir de la sala.

Obras de este tipo ayudan a concienciar a los ciudadanos ante la hipocresía, la inmoralidad, las injusticias y los abusos de cierta clase dirigente, sean cuales fueren las siglas bajo las que se ampara.



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