La vida a palos

El Teatro Principal ha sido testigo del retorno de Imanol Arias a los escenarios bajo la dirección de Carlota Ferrer.

Francisco Javier Aguirre. El retorno de Imanol Arias a los espacios escénicos es una novedad, todo un lujo. Casi un cuarto de siglo sin aparecer sobre las tablas, entregado en cuerpo y alma al cine, sobre todo a la serie televisiva ‘Cuéntame’, ha significado una carencia importante para los espectadores. Según sus propias palabras, le ha costado retomar el pulso y adaptarse al ritmo que exige el teatro en directo. Pero si los esfuerzos sinceros y decididos suelen tener compensación, en este caso la logran.

Durante el pasado fin de semana, el Teatro Principal ha sido testigo de ello. El veterano actor, en estado de gracia, asume la personificación de una figura ambigua tras la que se oculta la azarosa vida de un artista que en su juventud abandonó esposa e hijo para seguir los dictados del duende. Duende flamenco, que en la obra tiene magnífica representación en la voz de Raúl Jiménez, representando al cantaor en su apogeo.

Los palos más significativos de ese arte, martinetes, soleares, colombinas, fandangos, nanas y tarantos van apareciendo en escena ilustrados por el violonchelo de Batio, seudónimo de Barnabas Hangonyi, configurando un conjunto de escenas que pueden también considerarse como una performance, en la que el verdadero protagonista es el cante.

El papel del hijo, que es crucial en la historia como contraparte o antagonista, lo desempeña con eficacia Aitor Luna, ofreciendo el perfil reflexivo de la pieza sobre las relaciones paterno-filiales. Para completar el trío, la actriz Guadalupe Lancho se personifica con garbo en varias de las mujeres que han tenido algún significado en la vida del protagonista.

Hay un texto de soporte argumental, muy bien escrito, poético, dramático en ocasiones, obra de Pedro Atienza y José Manuel Mora, todo ello bajo la minuciosa dirección de Carlota Ferrer. El espectáculo funciona como una maquinaria bien engrasada, a la que los efectos escénicos añaden sentido y luminosidad, aprovechando bien la tecnología de la imagen.

La sensación de cesto nuevo con mimbres viejos, cargados de elegancia y sentimiento, es una constante a lo largo de toda la representación, cuyo principal valor es reiteradamente Imanol Arias, redivivo en un ambiente que le es propio. A través del desdoblamiento hipotético entre el cantaor ‘Alcayata’ y su alter ego Manuel Casado, supuesto albacea testamentario, consigue electrizar el ambiente de la sala rodeado de un elenco sin fisuras.



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