La lluvia deseada

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Ramón Llanes. / Se abrieron los cielos como una espuerta grande y dejaron caer las copiosas ensenadas de agua que guardaran sus nubes en paño de oro; los campos empezaron a oler a tierra mojada, las jaras emprestaron su magia a los eriales sabios de la solana, el tiempo se puso lánguido y las personas se encerraron en la calidez de la casa hasta que pasara la sonoridad del trueno y dejara la tormenta los signos nuevos de su reflexión cíclica.

Vimos el agua en la piedras y en las ramas quedas de los árboles, las correntías dominaron el prepucio del arado; empezaba a tener vigencia el otoño con la exuberancia de líquenes y la mudanza del calor de los riscos que había esperado mojarse en una obsesión de placer; es el otoño, el impulso más genuino del otoño, las más soberana procesión de enseres del otoño. El agua en su comodidad de reventarse en los aires y acariciar los palmos secos de la tierra en un amoroso encuentro. Mirábamos llover y cantábamos al llover como inquietos niños que observan por vez primera una tarde tibia. Al resguardo de la paz, en un cesto de hogares de aperos de seres, los llantos de afuera se hicieron ritos en la sucursal del adentro. El otoño había aparecido en plenitud.

Vendrán las aves a los charcos, a beberse los reflejos, a trincharse de risas, a olisquear el agua y a zambullirse con sentido. Los cauces altos, los ríos corriendo, la sed apagada, las tierras empapadas; un silencio de perlitas en los majuelos, una lombriz en la tana, la vida en su sitio. Y luego la prosa a ponerle metáforas a las trochas y a los terrones en un ritual de emociones que se someten a ser tiernamente capturadas en este leve ágora del tiempo que es un solsticio agnóstico al paraíso perdido. Hoy venderemos con la palabra toda la fragancia que dejara en el alma de la tierra, la deseada lluvia.

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