Moira ya no quiere ser directora

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Moira era la directora adjunta del departamento en el que coincidí con Román el fajador. A punto de cumplir por entonces los cuarenta, estaba divorciada de un piloto de aviones melancólico que cogió el último vuelo, y no tenía hijos. Licenciada en Económicas y máster en un par de cosas divertidísimas, era disciplinada y metódica hasta el aburrimiento.

Moira jamás consideró que sus padres hubieran elegido su nombre inspirados en el personaje femenino de la historia de Peter Pan, Wendy Moira Angela Darling. Y nunca se lo preguntó, hasta donde yo supe por ella. Un nombre tan sugerente como el de Moira, debía tener una razón, pero, paradójicamente, terminó teniéndola como imprevista consecuencia más que como premeditada decisión.

Moira, al contrario que su homónima literaria, nunca quiso ser madre y siempre quiso ser mayor, si bien toda la madurez que pareció pretender, por decirlo de algún modo, era la profesional. Algo en lo que debió influir, sin duda, la inesperada muerte de su padre de un infarto, veinte años atrás, en la mesa de su despacho, el cual le había inculcado un concepto rancio y desquiciado de la cultura del esfuerzo y del trabajo que recordaba al tripalium.

En este sentido, y mientras estuvo trabajando en el departamento, Moira mostró un carácter obsesivo por la perfecta ejecución de los procedimientos, un servilismo absurdo hacia todo aquel o aquella que la superara en la jerarquía de la plantilla y un cierto desdén por quienes quedaban por debajo. Su objetivo profesional era alcanzar la dirección de “su” departamento. Parecía importarle más la autoridad que las funciones, y, con frecuencia, olvidaba que detrás de cada profesional siempre hay una persona.

Si Moira ya disponía de un sistema de creencias exageradamente férreo, la influencia de Iñigo, director del departamento, azote de Román y ocasional amante bandido de Moira, había terminado siendo nefasta para la ansiedad de nuestra compañera. Haciendo uso intencionado del argot aeronáutico, en los años previos a los hechos que aquí recuerdo, Moira había caído en barrena. Crisis, terapias, medicación, gritos y lágrimas. Y ni un día de baja médica.

El carácter de Moira podía resultar complejo, pero el de Iñigo lo hacía parecer extremadamente simple. Hijo de la accionista más influyente, ocupaba el puesto por imperativo de mamá, a pesar de carecer de formación para ello. Con cincuenta y bastantes años, los graves excesos de juventud y un problema psiquiátrico mal llevado habían contribuido a forjar una visión histriónica de lo que debía ser un departamento y una empresa. Y así nos iba, sin aparente posibilidad de remisión…

Cuando Fernando se integró en el equipo, Moira tan apenas reparó en él. El nuevo compañero se iba a quedar un par de meses en el departamento como becario de mi área, bajo mi control y supervisión directa, lo que laboralmente hablando resultaba de muy poco interés para la adjunta.

Fernando era un trabajador infatigable. Con una gran curiosidad, se ilusionaba fácilmente, y era incluso explosivo en su entusiasmo, a pesar de no ser ningún niño, pues ya no cumplía los veintiocho. Era físicamente atractivo y tenía una sonrisa agradable y contagiosa que tenía un gran éxito entre sus compañeras.

El día que Moira dejó de querer ser directora, Iñigo llegó a la oficina particularmente alterado, lo que en su caso equivalía a un boleto premiado para un ingreso de urgencia en Salud Mental. Después de asustar a un niño en la calle, llamar inútil al guardia de seguridad en el acceso y hacer llorar a la responsable de la limpieza de la planta, entró en el departamento soltando espumarajos por la boca, congestionado, y se dirigió directamente al despacho de Moira.

Con el tiempo, ninguno de los allí presentes recordaría cuál pudo ser la estupidez por la que se montó semejante número; pudo ser por un pedido mal definido o por una factura atrasada, o por una conjunción copulativa… En un histérico monólogo, Iñigo parecía consumir con cada palabra los centímetros que le separaban de Moira, quien de pie y ya entre lágrimas trataba de esquivarlo y salir de su despacho.

Iñigo no llegó a retener a Moira a pesar de intentarlo. Fernando, el becario valiente, se interpuso entre ambos cuando aquél levantó los brazos y mandó a Iñigo a la lona de un puñetazo en la mandíbula. Fin de la historia y principio de todas las demás.

Fernando se llevó a Moira aquel día a urgencias, salieron del departamento y no volvieron jamás. Un año y medio después siguen juntos. Fernando trabaja en la consultora de su padre y Moira, a quien no le faltan ofertas de sus antiguos proveedores, está recuperando el tiempo perdido con su Peter Pan.

Viajan mucho. Fernando me manda fotos por el ‘guasap’ y se les ve estupendos. No me cabe la menor duda, son felices.

Iñigo pasó seis meses alimentándose por una pajita. En teoría deberían haber sido tres, pero como el muy estúpido era incapaz de mantener la boca cerrada, se prolongó su convalecencia para alivio de mis compañeros.

En ese espacio de tiempo, yo encontré otro trabajo y me marché. Evidentemente, lo celebré con Román.

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