Regalos de la vida

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El caso es que me siento como una niña de campamentos inmersa en un juego de pistas.

Yolanda Cambra:/ Definitivamente, la vida me tiene enchufada. Y ya no sólo porque yo me sienta completamente conectada a ella, que también, sino porque, a menudo, siento que me da trato de favor.Siempre me he considerado una mujer con suerte, pero últimamente sólo me falta andar pisando tréboles de cuatro hojas. Y, aunque eso aún no ha sucedido, el otro día me llegó uno muy especial dentro de un libro desde Bilbao. Ese fue uno de los regalos que la vida me trajo hace poco.

Cada pocos días recibo un regalo; puede ser algo material, un detalle, una señal, un ofrecimiento, una sincronicidad, o un mensaje privado por cualquiera de mis redes sociales. El caso es que me siento como una niña de campamentos inmersa en un juego de pistas. ¿Qué será lo siguiente? ¿Dónde lo encontraré? Porque sé que hay más, siempre hay más.
Lo curioso es que estos regalos le llegan a todo el mundo y, para mi sorpresa, la gente no los ve…¡No los ve! ¿Acaso yo tengo una capacidad especial para ver la magia?

El caso es que me siento como una niña de campamentos inmersa en un juego de pistas.
El caso es que me siento como una niña de campamentos inmersa en un juego de pistas. Fotografía @julioestrela de instagram.

Imagino que, a estas alturas, querido lector, ya pasan por tu mente varias opiniones sobre lo que estás leyendo, desde que esta autora ya tiene una edad para coquetear con psicotrópicos, hasta que antes de acabar mi artículo habré tratado de venderte algo que a ti también te permita ver la magia y recibir esos regalos de la vida… ¿unas gafas, quizás? No dudes que, si supiese el modo de conseguirlas, las produciría en cantidades masivas. Porque, cuando percibes la vida del modo que yo la siento, tu verdadero deseo es que todo el mundo se beneficie de esta experiencia.

Uno de los momentos más bonitos que he vivido en los últimos meses fue con una completa desconocida y no duró ni 5 minutos. Pedí un café en una panadería y, al ir a pagar, vi que no llevaba nada de dinero, muy apurada le dije que iba al cajero, pero ella me tranquilizó y me insistió en que tomase mi café y luego ya le pagaría. Si en este hecho no ves nada especial, tú aún no estás preparado para que te lleguen regalos. A mí me conmovió que alguien que no me conoce de nada, confiase en mí en una época de frialdad y desconfianza. Tomé mi café y fui al cajero, volví a pagarle y le regalé una plantita que acababa de comprar para ella. Se echó a llorar, salió del mostrador y nos dimos un fuerte abrazo. Tengo gente cercana que no me ha dado un abrazo así de sincero en mi vida. No he vuelto a verla.

El otro día contactó conmigo un profesional de talla internacional. Se ofreció a darme su opinión sobre mi proyecto de coaching, yo me apresuré a aclarar que no podía pagarle, ¿cuánto puede cobrar un hombre así? Me dijo “El precio para ti es cero. Me gusta ayudar a la gente”. El martes quedamos a tomar un café que acabó durando 3 horas. Su regalo, además de su opinión de experto, fue compartir la historia de su vida conmigo. Una de esas historias que escuchas con los ojos abiertos como una niña y cuando acaba sólo puedes decir “Guau!” Una auténtica lección desde la humildad de alguien que ha aprendido donde está el verdadero valor de nuestra vida. Y, una vez más, yo siento que me han tocado con una varita.
Una amiga de otra ciudad me manda una foto de unos libros que acaba de comprarse, sonrío ante la coincidencia y le respondo con otra foto mía de los mismos libros porque los tenía en lista de espera para comprarlos. Al día siguiente me llegan a casa por Seur, con unas palabras escritas a mano en el interior que me hacen saltar las lágrimas de emoción.

Hace unos meses creí que se me había estropeado el puerto USB del portátil y tardaban meses en arreglármelo. Lo cuento en Facebook y una seguidora, a la que ni conozco, me dice que ella tiene un ordenador que no usa y me lo envía hasta que repare el mío.
Tengo un problema para ir desde mis prácticas a un curso en poco tiempo y un amigo se ofrece a venir a recogerme y llevarme a la otra punta de la ciudad los cuatro días que dura el curso.
Así que, a veces, parece que sólo sea necesario pedir lo que necesito para tenerlo. ¡Y a veces ni eso! Yo, que me he pasado la vida sin pedir favores a nadie, por el miedo latente a que me dijesen que no… resulta que me llegan cosas aún sin pedirlas.

Yo soy un “animal de redes sociales” y llevo 2 años compartiendo en las mismas mi vida. Y también suelo contar allí cuando encuentro estos regalos. Mis seguidoras me dicen cosas como “Te suceden cosas mágicas” o “Explícame cómo se hace para ver esas señales, yo nunca las encuentro”. La respuesta es bien simple. Sólo hace falta tener ganas de encontrarlas y caminar con los ojos bien abiertos. Y dar. Porque cuando das, sea bueno o malo, antes o después, te viene de vuelta… multiplicado, diría yo. Y agradecer cada vez que encuentres una. Dar las gracias sinceramente y desde lo más profundo.

Nos creemos con derecho a todo, exigimos sin preguntarnos qué hemos dado antes nosotros. Y, si no llega lo esperado, nos frustramos y enfadamos, envidiando a los que sí que reciben cosas. Pero, cuando partes de la idea de que no necesitas nada y de que la vida no tiene obligación de darte nada, ni ninguno de tus semejantes te debe nada… todo lo que llega lo recibes como un verdadero regalo.
Si crees que estas cosas a ti no te pasan… pregúntate qué estás haciendo tú. Quizá ya te estén sucediendo y las pasas por alto porque te parece lo normal que la gente te ayude. Lo siento por ti, te estás perdiendo los verdaderos milagros.

 Yolanda Cambra, coach personal y nutricional

http://yolandacambra.com/

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