Metamorfosis

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'Metamorfosis'. / Foto: teatrodelaestacion.com
‘Metamorfosis’. / Foto: teatrodelaestacion.com

Francisco Javier Aguirre. Mostrar una nueva dimensión de la metamorfosis kafkiana ha sido el propósito del Teatro de la Estación el pasado fin de semana a través de un montaje original realizado por David Durán, Merce Tienda y Ángel Figols, en una producción de Carme Teatre y La Panda de Yolada, dos compañías de la Comunidad Valenciana. El montaje, que combina títeres, lenguaje exótico, actores, luces, recursos mágicos y música está inspirado en el taller artesanal de los Forman Brothers, de Praga.

Rompiendo de una manera significativa el discurso novelesco de la obra, se parte de la aparición del protagonista en forma de mujer despojándose simbólicamente de su apariencia humana y saliendo de la oruga donde se ha producido la metamorfosis o transformación, porque se discute el título de la obra en cuanto a su traducción correcta.

Dejando de lado disquisiciones terminológicas, el protagonista oculto, que no sale de su habitación y al que no veremos a lo largo de la obra, se ha convertido en un insecto para pasar luego por fases diferentes en referencias de los actores, que mueven los hilos de los personajes; verdaderamente singular la participación activa de un mueble mágico.

En él reside la fuente del espectáculo, en sus cajones de contenido sorprendente, inesperado, donde habitan los padres y la hermana de Gregorio Samsa; la casa se ha convertido en un mueble o el mueble en una casa, con diferentes espacios y habitaciones, entre ellos la misteriosa donde vive el protagonista que siempre se oculta a la mirada de los que van llegando, incluidos los tres inquilinos que ocasionalmente la utilizan como pensión, hasta huir despavoridos al contemplar la imagen del insecto.

Hay un uso constante de símbolos y significados manejado primorosamente por los actores que manipulan las marionetas y comunican en un extraño lenguaje sensaciones más allá de lo inteligible, pero que alcanzan a la sensibilidad del espectador.

Los juegos de luz, las sombras chinescas, la vertebración de espacios y fundamentalmente el papel de la música de Joan Mei convierten a esta versión de la más que centenaria obra kafkiana en un espectáculo de gran alcance. El repelús que pudiera suscitar la trama original está contrarrestado por la sutileza y la ternura que dimanan de todo el proceso interpretativo.

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