Nerón

Una reconstrucción entre trágica, cómica y simbólica elaborada por Eduardo Galán con la colaboración de Sandra García.

Francisco Javier Aguirre. Bajo la dirección de Alberto Castrillo-Ferrer, se he presentado en el Teatro Principal, el pasado fin de semana, la pieza dramática ‘Nerón’, una reconstrucción entre trágica, cómica y simbólica elaborada por Eduardo Galán con la colaboración de Sandra García.

El argumento se inspira en la novela ‘Quo vadis?’, del Premio Nobel Henryk Sienkiewicz, y en textos de autores coetáneos del caótico emperador, como Petronio y Suetonio. Por el escenario desfilan algunos personajes históricos como Agripina, San Pablo y Popea, y otros ficticios, pero representativos de la época y del ambiente, interpretados por Daniel Muriel, Chiqui Fernández, José Manuel Seda, Diana Palazón, Francisco Vidal, Javier Lago, Daniel Migueláñez (desdoblado en San Pablo y en el esclavo Esporo) y Carlota García.

Loco, tirano, extravagante, cruel, azote de los cristianos, pirómano, matricida y mal poeta, aunque muy querido por el pueblo, Nerón gobernó el Imperio Romano entre los años 54 y 68 de nuestra era. Los historiadores difieren en sus valoraciones, siendo unas más fundamentadas que otras, lo mismo que los hechos que se le atribuyen. Por ejemplo, el asesinato de su propia madre, Agripina, porque conspiraba contra él, aunque hay quien afirma que lo hizo para poder casarse con su amante, Popea. En cualquier caso, su reinado se caracterizó por las ejecuciones sistemáticas de cuantos se interpusieron en su camino, incluidos su hermanastro Británico y su antiguo preceptor, el filósofo Séneca, algunas de cuyas máximas aparecen a lo largo de la versión de Galán,

Aunque el pueblo lo adoraba, los gobernadores, el Senado y el ejército conspiraron contra él y colocaron al general Galba en el trono, declarando ‘enemigo público’ a Nerón, que huyó de Roma y, al verse acorralado, pidió a su secretario Epafrodito que lo apuñalase. Sucedió el 9 de junio del año 68 de nuestra Era. Según el historiador Dion Casio, sus últimas palabras fueron: ‘¡Qué artista muere conmigo!’

Así termina la obra representada ahora, tras su estreno el pasado mes de julio en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, con un complejo entramado escénico que enmarca la acción, utilizando recursos novedosos en cuanto al diseño escenográfico, con varios flash-back y escenas simultáneas en espacios distintos.

Interpretación convincente en general, aunque la voz un tanto agrietada de Francisco Vidal, como Petronio, no siempre llegara al público con nitidez.



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