Un poco más de azúcar

El Regreso de Mary Popins vuelve a poner en la actualidad cinematográfica esta historia, que hará las delicias de pequeños y mayores.

El Regreso de Mary Poppins.

Fernando Gracia. En las Navidades de 1965 se estrenaba en el Palafox “Mary Poppins”. Recuerdo haberla visto el día de Nochebuena, fecha muy propia para ello. Así, pues, 53 años después, que ya son años, el espectador que ya no es un jovencito y lleva a sus espaldas algún que otro millar de películas, está entre curioso y temeroso por esta reaparición de la famosa niñera.

Hace tres o cuatro años llegaba a nuestras pantallas “Al encuentro de Mr. Banks”, que venía a contar cómo habían convencido a la señora P.L. Travers, autora de las historias de la Poppins, para llevar al cine su personaje. Tal parece que no fue fácil convencerla, y eso que era nada menos que el Sr. Disney quien lo proponía.

No sabemos cómo hubiera visto la escritora que esos poderosos estudios cinematográficos pensaran en revisar el personaje. Posiblemente, si finalmente quedó medianamente satisfecha por los resultados de hace cinco décadas, no hubiera puesto demasiadas objeciones a lo obtenido ahora con “El regreso de Mary Poppins”.




Porque en mi opinión el hábil Rob Marshall, con experiencia de musicales para la pantalla – “Into de Woods”, “Nine” y sobre todo “Chicago”, la única que realmente funcionó en todos los órdenes- ha salido airoso de la empresa, aunque no faltarán quienes se negarán a ver los personajes centrales con otras caras.

Con una línea argumental sencilla, un tanto manida, como la amenaza de perder la casa por la ejecución de un préstamo, con un banquero muy malo por el medio, la historia nos sitúa en los años de la depresión económica, lógicamente en Londres y con sus nieblas, sus parques y su skyline dominado por la Catedral de Saint Paul.

Ahora son los hijos de los Banks, que ya son treintañeros, quienes reciben la visita de la niñera voladora. El guion mantiene una serie de personajes y situaciones que ya estaban en la película primitiva, y adorna la historia con varios números musicales de los que tres me han parecido francamente buenos, e incluso uno de ellos –el del music hall- incluso brillante.

Como ya ocurriera hace más de medio siglo, en la versión doblada también han doblado las canciones. Suenan agradablemente, aunque me temo que ninguna de las canciones alcance el éxito de las precedentes, lo que no quiere decir que no sean aceptables. Las coreografías sí me han parecido superiores, así como la combinación entre imagen real y animación, beneficiada por los avances técnicos.

Capítulo fundamental era acertar con la actriz que encarnara a Mary. Creo que Emily Blunt está muy correcta. Quizá tengo un aire más de marisibidilla que la Andrews, pero maneja bien su mirada y sale airosa.

Lin Manuel Miranda, ilustre desconocido para el espectador medio de nuestro país, viene a ocupar el lugar de Dick Van Dyke. Hace de antiguo ayudante o aprendiz suyo, ahora adulto, y no tiene seguramente el carisma del simpático Dick, pero cumple. Cabe recordar que Miranda es en estos momentos una absoluta estrella en Broadway, gracias al musical “Hamilton”, compuesto, escrito e interpretado por él, habiendo ganado todo lo habido y por haber gracias a esa obra.

Muy acertado el reparto de la película, con aportaciones de actores de calibre como Colin Firth, Emily Mortimer, y nada menos que Meryl Streep y la gloriosa Angela Landsbury, sin olvidar la aparición final -93 años le contemplan- de Dick Van Dyke, que incluso se permite unos pasos de baile.

Pienso que la empresa de reflotar al personaje ha sido aprobada, ya que si se piensa detenidamente parecía bastante insensata. Se dirá que es para ganar dinero. Evidente, todas se hacen para eso. Pero piensen por qué en estos muchos años no habían hincado el diente al asunto. Y piensen si había muchas otras formas de rodar esta de ahora, que bien podemos motejar de secuela, que no remake.

Ahora bien, si el público acepta la propuesta está por ver. Yo, por mi parte, se la recomendaría a los que hace ya unos cuantos inviernos disfrutaron con ese poco de azúcar y esa palabra impronunciable, que mira por donde casi todos aprendimos sin problemas, ese “supercalifragilístico…”.

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