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El documental 'Con nombre propio' muestra el lado social de la realidad y la labor de algunas asociaciones que trabajan para mejorar el día a día de las personas discapacitadas. 

Documental Con nombre propio.

Fernando Gracia. El día 9 de febrero, en su sala más grande y con un lleno hasta la bandera, se pudo volver a ver el documental ‘Con nombre propio’, promovido por la Fundación Los Pueyos con dirección de Marco Potyomkin.

Tras la proyección tuve el honor de formar parte del grupo de personas que hablaron desde el escenario sobre la película: el autor de la idea, Carlos Guerrero; el director, la autora de la banda sonora, Ana Bolea; dos actores de la película y una de las madres.

Por mi parte fui preguntado por el documental como producto cinematográfico, por lo que no tuve reparo en manifestar mi agrado por el competente trabajo realizado por el director, ya que había sabido componer una obra que informaba perfectamente sobre la labor de la Fundación en su residencia de Villamayor de Gállego al tiempo que presentaba algunos casos particulares relacionados con los residentes, todo ello sin caer en sentimentalismo barato, dejando hablar a sus actores, algunos de los cuales se desenvuelven perfectamente ante las cámaras.




Ponderé que no es fácil hacer este tipo de trabajos, que hay que medir bien los tiempos y acertar en su montaje. Las tres partes bien diferenciadas de la película están montadas y planificadas de diferente forma, con ritmo rápido a base de planos cortos cuando se presenta la organización de la casa y de planos reposados cuando se expresan algunos de los internos.

La acertada banda sonora de Ana Bolea contribuye positivamente al buen tono de la película, que algunos espectadores podrían pensar que se ha hecho al rebufo del innegable éxito de la película de Fesser, cuando no es así, ya que el proyecto es bastante anterior y curiosamente cuando se rodó acababa de ser estrenada e incluso unas trabajadoras de la Residencia comentan en una secuencia que acaban de verla.

No resulta fácil filmar a personas discapacitadas, en este caso psíquicamente. Encontrar el punto justo es meritorio y este bello trabajo lo consigue. Su bello final, con ese mundo de colores y sensaciones con el que unas terapeutas trabajan para mejorar la vida de un hermoso niño es un ejemplo de ese buen trabajo.

La suerte de ser invitado a participar me permitió conocer este trabajo y por eso quiero que tenga la mejor difusión posible.

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