Pasar desapercibido

Lo primero que se me ocurre decir de esta nueva película suya es que es francamente entretenida, lo que no es nada desdeñable. Y que aunque uno piense que las ha dirigido mejores eso no la convierte en producto desdeñable, ni mucho menos.

Mula.

Fernando Gracia. Diez años hacía que Clint Eastwood no se ponía ante la cámara. Exactamente desde “Gran Torino”. Su edad, 88 años, hacía pensar que no lo volvería a hacer. Pero como la historia que ha decidido llevar a la pantalla es la de un señor muy mayor que se dedicó a hacer de correo de la droga, o sea de “mula”, historia cierta por otra parte, ha debido pensar que quién mejor que él mismo para abordar el papel.

Y ahí tenemos a este hombre que ya casi es como de la familia por los años que hace que le seguimos –y salvo honrosas excepciones, le admiramos-, encarnando a un hombre que acaba tomándole gusto a la ocupación, ya que gana unos dineros que le sirven para hacer las buenas acciones que le dicta su conciencia.

Lo primero que se me ocurre decir de esta nueva película suya es que es francamente entretenida, lo que no es nada desdeñable. Y que aunque uno piense que las ha dirigido mejores eso no la convierte en producto desdeñable, ni mucho menos.




El sabor a cine de toda la vida impregna desde el primer momento el trabajo tanto del Eastwood director como del actor. Planifica con sencillez y eficacia, coloca la cámara donde la lógica dicta y procura en todo momento entretener al espectador. Por si fuera poco la adorna con una excelente banda sonora, a base de música country sobre todo.

La historia que cuenta oscila entre el melodrama familiar y la película de acción alrededor del narcotráfico, sin acabar de ser del todo ninguna de estas cosas. Porque lo que ocurre se presenta en todo momento lejano a cualquier forma de sofisticación. Ni la historia de sus andanzas familiares tiene apenas toques de originalidad, aunque funciona sin problemas, ni la parte de cine de buenos y malos se sale de los patrones más obvios, pero aun así la suma de ambas unida a una sutil alusión a la condición de persona en los últimos compases de su vida, acaba por funcionar.

Un par de bellas frases del guion en el último tramo y ese rostro surcado de arrugas de Clint acaban por hacer inclinar la balanza en favor del resultado final. Puede que sea truco de viejo zorro pero a la postre Eastwood consigue que el espectador salga satisfecho de la sala aunque luego diga que tal o cual de las muy buenas películas que hizo años ha eran mejores.

Ocurre como con las entregas que cada año nos ofrece Woody Allen. Que una película discreta de uno u otro suele ser mejor que cualquier obra de la mayoría que nos llega a nuestras pantallas. Por eso la gente va –vamos- a verlas. Porque sabe que no va a salir defraudado.

Se hace acompañar de un reparto solvente, aunque sus papeles no revistan gran importancia. Bradley Cooper –reciente su película con Lady Gaga-, Lawrence Fishburne o Dianne Wiest dan lustre al elenco.

Puede que sin haberlo avisado sea la última vez que veamos a este importante hombre de la industria cinematográfica. Si así fuera se podría decir que ha sido coherente con su carrera como cineasta hasta el final.

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