Amarcord manchego

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Fernando Gracia. Es indudable que los estrenos de Almodóvar se esperan con expectación. Por una u otra razón. Desde que es famoso mundialmente, y ya hace un tiempo de esto, aunque solo sea para meterse con el manchego y su cine.

El director ya hace tiempo que no es joven. Y lo que es peor: no se siente joven. Se ha hecho mayor y por si fuera poco las dolencias físicas le afectan con indeseada frecuencia. Quizá incluso piensa que ya ha dicho y hecho en el cine todo lo que quería. Su última película, “Julieta”, había tenido en general una buena acogida. Algunos títulos más discutibles de años anteriores e incluso algún que otro fiasco habían proporcionado abundante carnaza a sus detractores, que no le han faltado nunca.      Así que se ha puesto manos a la obra y ha entregado a la parroquia uno de los trabajos en  que más se ha desnudado anímicamente.

Y digo a la parroquia de exprofeso, ya que a ellos parece más dirigido este filme, quizá convencido de que a los otros igual da que les dé lo que les dé, puesto que nunca les convencerá.

Con “Dolor y gloria” no solo firma uno de los mejores trabajos de su carrera –nunca me gusta decir de una obra si es “la mejor” o “la peor”- y casi, casi una suerte de corolario final a una carrera donde ha alcanzado más reconocimiento allende nuestras fronteras que en su propia casa. Asunto que, por cierto, se pone en boca de uno de sus personajes cuando habla con el protagonista, claro sosias del propio director.

Con Antonio Banderas como alter ego del manchego en uno de los trabajos más redondos de su larga filmografía, asistimos al devenir diario de un director de cine de gran éxito pretérito, en época de retiro artístico, con sus recuerdos que le llevan a sus años de niñez en el pueblo y sobre todo a la relación con su madre, Penélope Cruz al principio y la gran Julieta Serrano en los años inmediatamente anteriores al presente.

Con un guion bien escrito, el tono y el interés de la película va a más a medida que avanza la proyección. Así, pues, su primer tercio me ha parecido simplemente correcto, su parte central muy buena y su desenlace excelente, por lo que un servidor ha salido con muy buen sabor de boca de la sala.

Algunas de sus constantes estilísticas son perfectamente reconocibles: el tratamiento del color, los toques costumbristas, el poder evocador de ciertas canciones, su pasión por Chavela Vargas o Mina, sus gustos sexuales, sus dudas artísticas…

En algunos momentos podría pensarse que es una suerte de “Amarcord” pasado por su filtro personal, sin dejar a un lado al “Ocho y medio” del realizador italiano, aunque en realidad se parecen muy poco a ambas obras maestras.

Como es habitual en su cine, se rodea de buenos actores y extrae lo mejor de ellos por la sencilla razón de que les da unos personajes “con carne”, y ellos se saben agarrar muy bien a ella. Así, pues, además de los nombrados nos encontramos a Asier Echeandía, Raúl Arévalo, Pedro Casablanc y sobre todo a Leonardo Sbaraglia, el actor argentino, cuya aparición en pantalla nos brinda una soberbia secuencia en la que la película alcanza uno de sus momentos cumbres.

Quienes gustan del cine del manchego no saldrá defraudados y la colocarán entre sus mejores trabajos. Quienes le denigran no se convertirán. Y los tibios, allá ellos. Para todos ellos, los de uno y otro bando, reconozcan que este tipo de cine dignifica la archimentada marca España y no otras cosas con las que atacan las pantallas semana sí y semana también, todas ellas financiadas por las televisiones privadas, quizá porque están obligadas por ley a hacer películas. Lo de la calidad ya no viene en el BOE.

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