
Marcos Díaz. / El sudeste asiático es una zona que cuenta con lugares privilegiados para el buceo, con rincones marinos llenos de belleza como arrecifes de coral. Pablo Marro (Huesca, 1985) es instructor de esta actividad, además de cámara, y lleva desde abril conociendo distintos países como Malasia o Tailandia.
Actualmente se encuentra en La isla de Palawan, en Filipinas, ejerciendo de instructor de buceo. Hemos hablado con él sobre estos países, esta actividad subacuática y las razones por las que merece la pena apostar por lo que uno realmente quiere hacer.
– ¿Cómo ha sido tu periplo hasta Filipinas?
– Yo me fui de España en abril. Lo del buceo empieza en Canarias. Allí estuve trabajando de asistente de instructor y luego me saqué el título de instructor. Entre marzo y abril envié emails por todo el mundo. No tenía destino y lo que quería era encontrar trabajo en cualquier lugar del mundo en el ámbito del buceo. Mandé cerca de 120 correos a Rusia, Latinoamérica, Tanzania, Sudáfrica…. de esos 120, me respondieron unos 5 (risas). Normalmente, los centros de buceo están muy ocupados y les llegan muchos correos. De esos cinco que me respondieron, uno me dio trabajo, en Malasia, y otro me dijo que le interesaba mi curriculum porque también soy cámara y quería hacer vídeos. Estuve manteniendo contacto con él y es ahora donde estoy. En abril fui a Malasia y estuve un mes, pero no estaba muy contento y me mudé a Tailandia. Allí encontré trabajo pero era temporada baja y no tenía mucha labor. Al tiempo surgió la posibilidad de trabajar en Filipinas y aquí estoy.
– ¿Por qué decides marcharte?
– Por curiosidad. Eso lo define completamente. Yo tenía un trabajo en Madrid y me estaba enfilando a quedarme ahí. Mi curiosidad no me permitió quedarme en ese sitio, tenía esa inquietud de salir y ver qué cosas hay fuera.
– ¿Qué diferencias has notado entre los tres lugares que has estado de Asia?
– La religión. En la zona en la que estuve de Malasia son musulmanes. En Tailandia hay mezcla entre musulmanes y budistas. La actitud y la rutina diaria, la arquitectura, los templos… todo cambia un poquito. Aquí en Filipinas son cristianos. Estuvimos más de tres siglos los españoles y la religión que prima aquí, sobre todo, es el cristianismo. Es una diferencia grande, la verdad es que condiciona bastante el modo de vida de la gente. Donde más a gusto me he sentido es aquí en Filipinas.

– ¿Se nota algo la influencia que hayamos podido dejar los españoles en su cultura?
– Mucho. Por un lado, la religión. También, muchísimo vocabulario. Me da la sensación de que son más abiertos de mente, más abiertos al turista, no solo ya como una fuente de inversión, sienten más curiosidad. El acercamiento que tuve en Tailandia con la gente fue muy comercial y no me llegué a sentir en casa en ningún momento. Aquí sí. Aunque solo llevo una semana, la verdad es que aquí estoy muy a gusto. La gente es más simpática, amigable, abierta y curiosa.
– ¿Qué imagen tienen los filipinos de los españoles?
– Hay curiosidad y nada de rencor, en absoluto. De hecho, te cuentan que su abuela todavía habla español porque se relacionó mucho con nosotros y hay muchos tataranietos de españoles. Por otro lado, tenemos muchísimas palabras en común con el tagalo (el idioma autóctono de Filipinas). Palabras como cucharita, todo el mobiliario de la casa… están hablando en un idioma que no entiendes en absoluto y vas oyendo palabritas en español que te sorprenden. Es muy gracioso.
– Y los escenarios marinos que hay, ¿son muy distintos a los que se pueden encontrar en España?
– Sí, bastante. Es diferente, ya que esto es un buceo de arrecife con un coral en aguas someras, poco profundas. El coral crea un ecosistema con una biodiversidad impresionante. La geología está formada por módulos calizos, resultando muy bonita, pero además tiene el plus del arrecife de coral, cosa que en España no tenemos. Además, la visibilidad, la temperatura del agua, que ronda los 30 grados todo el año…
– ¿Cómo un oscense acaba dedicándose al buceo submarino?
– A mí siempre me ha gustado mucho el agua y sus actividades, como el barranquismo o ir al río. Aunque no tengamos mar, creo que en Huesca somos muy de agua. Tenemos el mar cerca y a mí siempre me ha gustado mucho ir. Cuando iba a la playa siempre andaba con las gafas de bucear. La inquietud me fue llevando a hacer un bautizo, luego un curso… desde el primer momento me enamoré de esta actividad. No lo llamo deporte porque no es un deporte, es un estilo de vida, sobre todo cuando te dedicas a ello.
– ¿Qué es lo que más extrañas de Huesca?
– Lo que más extraño son los amigos y la familia. Eso sí que no está aquí. Aquí no dejas de moverte, es difícil establecer un grupo de amigos sólido para contar tus cosas y tomarte unas cervezas. Esa estabilidad social no la hay. Aquí conozco a mucha gente, puedo hacer mucho vínculo, pero en una semana se han ido. También echo mucho de menos, por supuesto, el Pirineo y la nieve.
– ¿Y qué buena noticia te gustaría compartir?
– Lo fácil que tenemos ahora mismo viajar e incluso trabajar fuera. Hay vuelos muy baratos y la gente ahora mismo está más abierta. Hay redes sociales, compañías low cost… viajar no es tan caro si te lo planteas como modo de vida y no como unas vacaciones. Yo lo que hice fue buscar un trabajo que me permitiera viajar, como es el buceo, para satisfacer mi curiosidad de conocer mundo y gente diferente. Todos tenemos un sueño e igual hay que pasar por calamidades, por cosas que no te gustan pero, si te sigues empeñando y aunque no sea exactamente como lo soñaste, es muy fácil acercarte. Está muy bien tener un plan B que puede acabar convirtiéndose en el plan principal que querías; la cuestión es darle forma y tener paciencia. Por eso querría animar a la gente a ser valiente y tirar para adelante. Estando aquí no paro de encontrarme personas que me dicen “qué guay lo que estás haciendo… cómo me gustaría a mí… tengo un trabajo que no me gusta pero no me atrevo a dejarlo…” yo les digo: Déjalo y vete a por lo que realmente quieres, que es lo que te va a hacer feliz.