Yuli

Con 'Yuli', la directora Icíar Bollaín presenta la historia del bailarín cubano Carlos Acosta, gran leyenda de la danza y el primer bailarín negro en interpretar algunos de los papeles más famosos del ballet originariamente escritos para blancos.

Fernando Gracia. Iciar Bollain se puso tras la cámara doce años después de debutar como actriz a los 16 años en ‘El sur’, de Victor Erice. ‘Hola, estás sola’ no dio mucho en taquilla pero atrajo el interés de la crítica y de muchos aficionados por su soplo de aire fresco.

Desde entonces, sin abandonar su carrera de intérprete, dirigió unos cuantos trabajos con la mujer como eje central de sus tramas, algunos de ellos con importante repercusión, caso de ‘Flores de otros mundo’ y sobre todo ‘Te doy mis ojos’.

Su unión con Paul Laverty, guionista habitual de Ken Loach, a quien conoció por nuestras tierras rodando ‘Tierra y libertad’ cambió no solo su vida personal -bendecida con la llegada de tres hijos en común- sino que creó un binomio artístico que ha hecho cambiar, en cierto modo, el aire de las películas de la actriz/directora.




En esa tesitura artística se encuadra su último trabajo ‘Yuli’, que ahora se estrena tras su buena acogida en el Festival de San Sebastián.

Un trabajo que nace de un encargo recibido por el guionista, consistente en contar la curiosa e interesante peripecia vital de Carlos Acosta, afamado bailarín cubano que llegó a ser primera figura en los mejores teatros mundiales, con hitos tan singulares como ser el primer “Romeo” de color nada menos que la Royal Opera House de Londres, ubicada en el Covent Garden.

Con una estructura narrativa que nos lleva continuamente desde la actualidad al pasado, contada desde la perspectiva del propio Acosta, que ahora tiene 45 años y reside en La Habana, asistimos a una suerte de biopic, el suyo propio. Un niño con dotes para el baile pero que no quería ser bailarín.

La acción nos sitúa en diferentes momentos de la muy peculiar vida cubana, aunque el guion es bastante superficial en los aspectos sociológicos, haciendo más hincapié en los visuales y ambientales.

Tarda un poco en arrancar con fuerza la película, que tiene en su tramo central, a mi modo de ver, sus mejores momentos. Pienso que el guion podría haber tenido mayor capacidad elíptica, lo que hubiera aligerado su duración. No obstante lo dicho, en casi todo momento su belleza plástica acaba por imponerse dejando a la postre una agradable sensación al espectador. Sensación que será mayor en tanto en cuanto quien la vea sea aficionado al ballet.

De hecho, en su parte final abundan los números de baile, muy bien filmados por cierto, aprovechando la soberbia banda sonora del filme, con música firmada por uno de nuestros grandes, Alberto Iglesias.

En el filme destaca el papel del padre del bailarín, encarnado con brillantez por Santiago Alfonso, que en realidad es un afamado coreógrafo que llegó a dirigir el mítico Tropicana, con escasa experiencia ante las cámaras.

Defiende magníficamente ese rol, el de un hombre convencido de las dotes de su hijo, al que le hace ser bailarín casi a palos. Y sin casi, como se ve en alguna secuencia.

No es un filme redondo, ni mucho menos, pero sí es muy atractivo. Es más, me atrevería a calificarlo de hermoso, lo que no resulta una expresión demasiado técnica, pero sí fácilmente reconocible para los posibles espectadores.

En favor de la Bollain añadiré que me parece muy defendible e incluso plausible que su película no se parezca en nada a sus anteriores trabajos. Que haya dado un cierto giro a sus temáticas habituales y se ponga al servicio de contar una historia e intente –y con frecuencia lo consiga- hacerlo con la mejor profesionalidad posible.

En cuanto a La Habana, pocas veces la he visto más bella en la pantalla. No se recrea en lo sórdido como es bien fácil hacerlo. Al revés, busca los encuadres y los lugares más bellos y los ilumina con una hermosa luz. Así, pues, aun saliendo mucho la ciudad, no es propiamente un acercamiento profundo a la realidad cubana, aunque algo sí. Como tampoco es solo una película de ballet. Sí… pero no. O no… pero sí.

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