La Gaviota

Secundado por Cristina Lorenzo, Cristina Alonso y David González, ofreció durante el pasado fin de semana en el Teatro de La Estación esta obra capital del autor ruso, que gana belleza, dramatismo y sentido con el paso del tiempo.

Francisco Javier Aguirre. La compañía asturiana Teatro del Norte tiene especial querencia por las obras dramáticas consolidadas, a las que presta un nuevo aliento. Así ocurre con ‘La Gaviota’, de Antón Chéjov, sobre la que Etelvino Vázquez, el director del la compañía, ha elaborado una dramaturgia original, de gran ritmo y contenido profundo.

Secundado por Cristina Lorenzo, Cristina Alonso y David González, ofreció durante el pasado fin de semana en el Teatro de La Estación esta obra capital del autor ruso, que gana belleza, dramatismo y sentido con el paso del tiempo.

El problema de la juventud que pierde su ilusión frente al difícil futuro es todavía hoy más apremiante, tanto en los países presuntamente desarrollados como en aquellos de los que han de huir sus habitantes, sobre todo los de menor edad, escapando de la hambruna o de la violencia.

Del mismo modo, los conflictos generacionales, las frustraciones sentimentales y los amores tardíos dan pie para que los actores expresen a través de un lenguaje muy elaborado toda la algarabía interior del ser humano.

Con un montaje sencillo pero eficaz, unos desplazamientos escénicos ágiles, y a veces frenéticos, van surgiendo y arracimándose las esperanzas, los esfuerzos y las alternativas vitales de los personajes del drama, en particular los conflictos familiares y de pareja.

Madre e hijo, Arkadina y Kostya, dedicados al teatro, se enfrentan progresivamente, y también hay un desacuerdo entre los jóvenes Nina y el mismo Kostya, zarandeado entre dos oleajes. Sobre todos ellos, el presuntamente triunfador Trigórin (Etelvino Vázquez) maneja los hilos con la sutileza que se deriva de su vida y su experiencia.

Los cuatro actos originales de la obra se dividen en la dramaturgia de Vázquez en ocho, aligerando por una parte los tiempos y profundizando por otra el sentido de lo que se quiere plantear. Es particularmente sugestivo el dedicado a la deconstrucción del triunfo literario que desarrolla Trigórin con una actitud entre cínica y desesperanzada.

El montaje sonoro acompaña bien los fuertes contrastes de la acción, que transita entre el drama, la ternura, la poesía y el desencanto. Los actores se sumergen con intensidad en sus respectivos papeles, destacando las dos mujeres con sus contradicciones, el joven aspirante a escritor con su desaliento y el veterano triunfador con el escepticismo que destila el tiempo pasado.



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