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José Luis Cuerda, su director, tras media docena de años inactivo, ha conseguido que le financiaran otra película de parecido cariz, lo que de momento ha hecho que se le acoja con cierta expectación.

Fernando Gracia. Hace treinta años una película que en un principio parecía que pasaba sin pena ni gloria se fue abriendo camino en los gustos de muchos espectadores hasta acabar por convertirse en un pequeño filme de culto. Para algunos, claro, que hubo y sigue habiendo quien le niega el pan y la sal. Era “Amanece que no es poco” y acabó por generar una legión de fans que se hacen llamar “amanecistas”. Gente que se sabe diálogos de memoria y que ha hecho que pervivieran algunas de las frases de la película.

José Luis Cuerda, su director, tras media docena de años inactivo, ha conseguido que le financiaran otra película de parecido cariz, lo que de momento ha hecho que se le acoja con cierta expectación. Solo así se explica el llenazo que había en la sala cuando la vi, y les puedo asegurar que no es lo habitual en los estrenos de nuestra ciudad.

“Tiempo después” se desarrolla dentro de siete mil años o algo así, en evidente exageración como punto de partida, para que nadie se llame a engaño sobre lo que allí va a haber. Una voz en off nos cuenta que el mundo se ha reducido a dos núcleos, en uno están los poderosos, los ricos, concentrados en un alto edificio. Y el otro en un cercado de chabolas situado muy cerca del primero.




Enseguida se aprecia que lo que vamos a ver no es sino un chiste alargado, con moraleja harto evidente: por muchos siglos que pasen esto va a seguir poco más o menos igual. Todo ello se desarrolla pergeñando un argumento bastante peregrino adornado con frases en la línea “amanecista”, o sea mezclando cultismos con lenguaje vulgar. O sea, lo que se ha venido a llamar “humor manchego”, será porque Cuerda lo es o porque algunos de sus ejecutantes, los de “Muchachada la Nui” también lo son.

La película transcurre sin problemas, alternando las frases y situaciones ingeniosas con las simples ocurrencias. Como todo vale, el director se aplica con fruición a ello, con suerte dispar a mi modo de ver.

No resulta sencillo recomendar o no la película. Si va a verla alguien poco avisado, mala cuestión. Puede salir hasta enfadado. Si es “amanecista” confeso puede que esperara algo más aunque no le decepcionará.

Si, como en mi caso, ni es fan ni contrario a este tipo de humor, le ocurrirá que el resultado final no le producirá ni frío ni calor. Unos pocos aciertos y el resto más bien forzado. O esforzado, que parece lo mismo pero no lo es.

Este tipo de humor depende en gran medida en la habilidad de los actores para soltar lo que se ha escrito. Es humor para gente como Luis Ciges, capaz de decir las mayores barbaridades o las más solemnes tonterías sin inmutarse, pero el buen hombre hace unos años que nos dejó. Solo veo a ese nivel el inefable Carlos Areces, una vez más demostrando que puede con todo.

Los demás cumplen más o menos, aunque algunos los veo algo desubicados. Dicho lo anterior me atrevo a sugerirles que si son seguidores de este tipo de humor surrealista no vayan con excesivas expectativas. Y si no lo son, mejor se abstengan.

Cuerda, haciendo honor a su apellido, ha querido estirarla y a lo mejor hubiera estado bien no volver a intentarlo. Hace treinta años fue rompedor y el tiempo le acabó dando la razón. Ahora, no sé yo.

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